La Persignación el el significado del IXOYE o el IchT
Y mientras oraba, recordaba a aquel soldado que había reconocido a Jesús el Cristo como el verdadero Hijo de Dios… y a los demás.
Algunos eran soldados, otros no.
Pero todos tenían algo más que miedo: tenían temor de Dios.
Con el tiempo, el Espíritu me enseñó cómo debía enseñarse uno a persignarse.
No por miedo, ni solo por respeto, sino como testigos de algo que presentimos como sagrado.
Así lo entendí, y así lo enseñé:
Tomamos la mano derecha, juntando índice, medio y pulgar: símbolo de la Trinidad.
Tocamos nuestra frente y decimos:
“En el nombre del Padre”
(Primer punto cardinal: el cielo, donde nace la conciencia superior).
Luego llevamos la mano a la altura del diafragma, entre el pecho y el vientre, y decimos:
“del Hijo”
(Segundo punto cardinal: el centro humano, donde la respiración se hace alma, donde habita nuestra humanidad). Aquí señalamos al Hijo de Dios, Jesucristo, y al Hijo del Hombre, que también somos nosotros.
Después vamos al lado derecho y decimos:
“y del Espíritu”, mientras respiramos.
(Tercer punto cardinal: el corazón del corazón, invisible, intangible).
Luego, al lado izquierdo, formamos un arco superior, como una puerta abierta a la altura de nuestros labios, para representar al Logos, al Verbo.
Y decimos:
“…Santo”
(Cuarto punto cardinal: donde la sangre fluye, donde la vida late; donde el Logos se hizo carne, donde el Verbo nace desde dentro para expresarse en el mundo).
Finalmente, hacemos otro arco, esta vez inferior: el enlace que nos une, cerrando así el Ichthys.
(Quinto punto cardinal: el regreso a los labios, al Verbo, al amor consciente).
Así, el Ichthys, o ΙΧΘΥΣ, con estos arcos y acciones, nace en honor al Pescador de Hombres, a Jesús, el Hijo del Hombre, el Cristo, Hijo de Dios, Salvador,
que solo vino a enseñarnos a amar… por amar, sin pedir nada a cambio.
Y decimos: Amén.
Con nuestros labios, aunque no se muevan.
Con nuestra fe.
Amén de amar.
Amén, como el final de una oración que nunca termina.
Amén y amén, como la acción de amar que jamás debería cesar…
Y no dejen de amar, como nos enseñó el Hijo.
Entonces sentimos el pecho arder,
como si tejiéramos un dril invisible, un abrigo espiritual que protege nuestro cuerpo y alma.
Y para sellar el gesto, formamos un pequeño puño con el pulgar entre los dedos:
un corazón vivo, símbolo del Logos, del Verbo hecho carne, recogido y consagrado.
Lo llevamos a los labios y decimos:
“Con un incandescente amor en nuestro centro del ser.”
Amén.
No como un final,
sino como un acto de amor.
Aquella señal se convirtió en nuestro código secreto para reconocernos entre nosotros.
Nació en la arena de la inspiración.
Nadie sabe quién la usó por primera vez.
Pero yo sé cuándo nació, en qué momento…
Y también sé que no la inventé.
Fue el Espíritu Santo quien me la enseñó, para que yo la enseñara.

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