El Apostol Numero 13
El Apóstol Número 13
Inspirado en Hechos 1:26
Autor: Matías Javier López Gómez
Dedicatoria
A los que recuerdan quiénes fueron en el principio.
Prólogo
Hay historias que nacen desde el recuerdo. No de la memoria común, sino del recuerdo del alma, de esa voz antigua que nos habla en el silencio y nos dice: “Tú estuviste allí”. El Apóstol Número 13 es una de esas historias.
Este libro no pretende competir con los textos canónicos, ni busca revelar nuevos dogmas. Más bien, su fuerza reside en lo íntimo, en lo invisible. Su autor, Matías Javier López Gómez, ha recibido —o mejor dicho, recordado— una voz que le habló desde el origen, una voz que le dijo: “Tú eres el que estuvo, aunque nadie te haya contado”.
En este relato, el lector no encontrará simplemente una recreación del Evangelio, sino el testimonio de quien vivió al margen de los relatos oficiales, pero nunca lejos del Maestro. Escrito desde la perspectiva del apóstol Matías, el "último", el "decimotercero", este libro es un acto de fe, un llamado a ver más allá del nombre y del número. Porque en este testimonio no solo habla un hombre… habla un espíritu que sigue viajando.
La voz de Matías resuena como la de un amigo que no buscó gloria, ni liderazgo, ni poder. Fue testigo, fue siervo, fue hermano. Y en esa humildad encontró su lugar en el corazón del Cristo. No como uno más, sino como aquel al que se le reservó el sitio final… y por eso mismo, el primero en comprender el Reino.
Quien lea estas páginas con el corazón abierto, encontrará no solo una visión distinta del Evangelio, sino también un espejo. Porque todos, en algún punto, hemos sido el número trece: los que llegamos tarde, los que no fuimos llamados por nombre, pero sí por amor.
Este libro no se lee: se escucha. Es una voz que se reconoce. Una historia que tal vez ya sabías. Y que ahora, finalmente, vuelve a ti.
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Índice
Capítulo I – El Amigo
Capítulo II – El Testigo
Capítulo III – El Discípulo
Capítulo IV – El Hijo
Capítulo V – El Hermano
Capítulo VI – El Resucitado
Capítulo VII – El Apóstol
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Capítulo I – El Amigo
“Ya no los llamaré siervos… los llamaré amigos.” — Juan 15:15
Nos conocimos desde antes de nacer. Mis padres, que se dirigían a Egipto, se encontraron con los suyos. Nosotros, por nuestra parte, ya estábamos en el vientre de nuestras madres. Desde entonces, siempre orbitamos el uno cerca del otro. De niños fuimos más que amigos: compañeros. Algunos decían que éramos gemelos, aunque no compartíamos lazos de sangre. Al crecer, nos tratábamos como hermanos.
Recuerdo cuando me dijo, luego de su bautismo con el Bautista:
—Amigo, siempre te lo he dicho, pero creo que no me has tomado en serio. Voy a empezar mi ministerio y quisiera que tú fueras el primero de mis acompañantes.
Me reí a carcajadas, le di un abrazo y respondí:
—¿Yo? ¿Seguidor tuyo? ¡Ni lo sueñes! Mejor tú sígueme a mí.
Él se rio hasta las lágrimas y dijo:
—Claro, claro, amigo… pero primero, la obra de mi Padre. Te guardaré un lugar, porque tengo fe en que algún día lo considerarás. No serás el primero, pero te dejaré el último lugar. Serás el 13.
No lo entendí del todo, como muchas otras cosas que me decía. Para retarlo, señalé a unos hombres que pescaban:
—Mira, si es cierta tu determinación, ve y diles que te sigan. La obra de Dios empieza ahora.
Me abrazó. Ya no me llamó amigo, me dijo “hermano”. Y se fue hacia aquellos hombres. Escuché su llamado: “Los haré pescadores de hombres”. Me sorprendió ver que lo siguieron. Y así juntó doce y más… Yo, su amigo, no fui de los primeros. Pero le seguí, siempre cerca. Un día me dijo:
—Te lo dije, hubieras sido el primero, pero ahora eres el 13.
Y los demás me llamaban: “El amigo del Señor”.
Capítulo II – El Testigo
“Y vosotros también daréis testimonio, porque habéis estado conmigo desde el principio.” — Juan 15:27
Siempre lo supe. Se decían muchas cosas de él, pero es muy diferente cuando lo ves con tus propios ojos. Él realmente me maravilló desde aquel día en que le dije: “Anda y ve”. Y fue. Y lo siguieron. Yo, más por curiosidad, lo acompañé. Al final, él encontró una manera para que yo pudiera seguirle sin ser contado entre los discípulos. Me encargó la administración de los recursos, aunque no el manejo directo de las monedas; eso era tarea de un tal Judas.
Me tranquilizaba que no se lo hubieran dado a aquel cobrador de impuestos, famoso por su corrupción. Pero este hombre, Jesús, realmente había venido por los pecadores, no por los justos. Eso decía él.
Yo me mantuve cerca también para protegerlo. Había demasiados que se turbaban con sus palabras: líderes poderosos y religiosos. Y eso era peligroso. Yo llevaba una espada. Él me dijo que no lo hiciera. “No es necesario matar a espada”, me decía. Yo respondía que era solo por precaución. Él movía la cabeza, como si pudiera oír mis pensamientos, aunque estuviera lejos.
Lo admiraba. Y en secreto, además de llamarlo amigo y hermano, también le decía "Señor". Me avergonzaba que pareciera saber lo que pensaba, porque a veces me miraba como aguantando la risa, como si leyera mi corazón. Luego, como si me conociera demasiado bien, me dejaba en paz y se ocupaba de los demás.
Comprendí que realmente era el Hijo de Dios, el Cristo. Una vez oí a sus propios discípulos discutir quién era él. Unos decían que era profeta, otros que era Elías, o Moisés. Yo, molesto, grité:
—¡¿Que no ven que él es el Cristo?!
Me miraron altaneramente. Me ignoraron. Al voltearme, escuché a Pedro murmurar algo desde lejos. Me giré y lo vi sorprendido, como si pensara que yo no podía haber oído. Pero lo hice. Y me alejé.
Días después, Jesús les preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Y quién decís vosotros que soy?”
Pedro respondió fuerte: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”
Jesús lo alabó por ello. Dijo que sobre esa roca edificaría su Iglesia. Muchos pensaron que hablaba de Pedro. Yo sabía que se refería a la actitud sincera de fe, no a un hombre en sí.
Más tarde, Pedro se acercó a mí, cabizbajo:
—Señor, usted que es amigo del Señor... yo una vez le ofendí por decir que él era el Cristo. Pero fue usted quien sembró esa verdad en mí. Hoy, no pude evitar declararlo.
Me conmovió su sinceridad. Empecé a verlo diferente. Comprendí que la roca no era Pedro: era la fe genuina.
Cuando nos reencontramos con Jesús, él me dijo, con su típica picardía:
—¡Tú, siervo! ¡Sírveme un vino!
Me reí. Le llevé uno. Él lo olió, frunció el ceño y dijo:
—No, este vino es malo. Ve al pozo y haz lo mismo que yo. Yo te doy el poder.
Fingí obedecer... y le vacié la copa en la cabeza. Todos se rieron, él también, más que nunca. Fue una risa que nos enseñó más del Reino que mil parábolas.
Y así, entre bromas, gestos y silencios, seguí siendo su compañero y testigo.
Capítulo III —El discípulo
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día, y sígame.”
— Lucas 9:23
Aunque nunca fui contado entre los Doce, pues ese círculo era hermético conmigo, me sentía orgulloso de considerarme abiertamente su discípulo. Además, fui asignado a la administración —aunque él nunca lo pidiera— también me hice su guardián. Los peligros eran muchos, había quienes querían prenderlo y darle muerte. Recuerdo ver gente extraña espiando durante el viacrucis del Rabí. Incluso puedo evocar a uno de ellos desde aquella vez que se perdió, y lo hallamos en el templo enseñando. Un hombre lo miraba desde la sombra con una mezcla de admiración y ternura. Esa cara iluminada fue lo primero que vi al entrar. Nunca me olvidé de él. Lo he vuelto a ver recientemente, siempre con esa misma expresión, siempre observando al Señor.
Eso me mantuvo en alerta. También noté una mala administración del dinero. Aquel llamado Judas no era tan honrado como su Maestro. Le comenté ambas cosas a Jesús. De lo primero me dijo que “debía pasar”, que era necesario para cumplir su misión. De lo segundo respondió que ya lo sabía, que aquel “amigo” lo traicionaría. Me quedé serio. Él lo sabía, pero ya estaba preparado. Le pregunté:
—¿Entonces yo no puedo hacer nada para protegerte?
Se perturbó, cubrió sus ojos con el antebrazo derecho y dijo, imitando el llanto de un niño:
—No, no… tal vez si hubieras sido el primero de mis apóstoles… o al menos uno de los Doce… Es una lástima.
Yo le respondí:
—Tonto, ¿nunca tomas nada en serio? ¡No ves que te van a hacer daño! ¡Eso va a doler mucho! ¡Son unos salvajes!
Él me calmó con un toque.
—Tranquilo. Todo esto tiene que pasar. Yo siempre espero lo mejor de los hombres, pero los comprendo. Este es el camino hacia su redención ante Dios.
—Nunca te entenderé —le dije—. Si no te conociera desde niños y no hubiera visto los milagros que haces y las palabras que dices, no podría creer quién eres.
Nos abrazamos. Nos despedimos.
La entrada a Jerusalén fue escandalosa. Consiguieron ese burrillo —que más que símbolo de realeza parecía una broma—, y aun así fue recibido con palmas, telas en el camino y alegría. Al ver tanta gente celebrándole, se me fue el miedo. Pensé que si tantos lo amaban, ¿cómo podrían unos pocos hacerle daño?
Durante la cena, compartió el pan y el vino, dijo muchas cosas, pero lo que más me alarmó fue que afirmó que uno de ellos lo traicionaría. Cada uno preguntaba: “¿Seré yo, Señor?” Como si ignoraran sus propios corazones. Me pregunté: ¿acaso todos han pensado en traicionarle?
Yo, desde mi puesto de guardián en la puerta, solo escuchaba. Para aliviar la tensión, grité dramáticamente:
—¿Seré yo, Señor, ¿tu siervo, quien te traicione?
Todos voltearon hacia mí. El Maestro estalló en risa:
—¡Jajaja! ¡Bufón! ¡Claro que serás tú! ¿Quién más podría?
Reímos juntos. La tensión se disolvió. Pero al final, él me miró serio. Se me acercó y dijo:
—Vaya... parece que fue buena decisión mantenerte fuera de los Doce. Tú ya tienes el don de aliviar las almas.
—Claro, Maestro. Tú me has enseñado bien, Rabí. Pero recuerda, yo —como tú— nos tomamos esto en serio.
Asintió, ya con semblante más humano.
Esa noche fuimos al monte donde solía orar. Noté que uno de ellos se alejaba. Pregunté quién era. Me dijeron que era Judas, probablemente cumpliendo alguna encomienda. Lo seguí con la vista, pero no el cuerpo. No quise dejar al Maestro solo.
La tercera vez que bajó del monte, había un resplandor intenso. Poco después, apareció Judas. Lo besó en la mejilla, como siempre hacía. Pensé que todo era normal... hasta que la multitud que lo acompañaba comenzó a alborotarse y quisieron prender al Maestro.
La traición era descarada.
Lleno de furia, empuñé la espada. Vi a un soldado acercarse al Señor y quise cortarle la cabeza, pero solo le tajé una oreja. Entonces escuché su voz, firme:
—¡Guarda la espada! ¡El que a hierro mata, a hierro muere!
Gracias a Dios fui torpe, y no decapité al hombre. Jesús sanó la oreja del soldado. Me impresionó: protegía incluso a quien parecía su enemigo. Ahí entendí lo que tantas veces quiso enseñarme.
Entonces también fui arrestado. Recibí golpes. Y aunque mi cuerpo estaba quieto, mi alma ardía de odio. Solo pensaba en devolver el daño… hasta que vi al Maestro recibiendo golpes también. Busqué su mirada. Él ya me estaba mirando. No parecía dolido por los golpes, sino preocupado por el mismo hombre cuya oreja había sanado.
—Señor —dijo el soldado—, ellos me golpean como te golpean a ti.
—Gracias por defenderme —le respondió Jesús—. ¿Te han degradado? ¿Ahora eres un simple soldado? Pero tu siervo está bien, ¿cierto?
—Sí, Señor —respondió él con una sonrisa—. Está bien. Y si he sido puesto aquí, fue para ayudarte.
Entonces lo reconocí. Era el centurión que había pedido al Señor, con fe, la sanación de su siervo. Si mi golpe hubiera sido certero, habría matado a un amigo.
Jesús me miró de nuevo, como siempre, esperando que yo comprendiera. Me dijo:
—Comprende el porqué de las cosas. Guarda los mandamientos de Dios.
Capítulo IV—El Hijo
“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él
amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo
la recibió en su casa.”
— Juan 19:26–27
Entonces me alegré de estar ahí con él no con mi amigo, ni como mi Señor o Maestro, sino como mi hermano. Estaba donde Él me necesitaba, y donde yo lo necesitaba a Él.
Recordé aquella vez en que la madre de Santiago y Juan —los llamados Hijos del Trueno, o Boanerges, hijos de Zebedeo y Salomé— le pidió al Señor que sus dos hijos se sentaran, uno a su derecha y otro a su izquierda, en su Reino. Él les respondió:
—¿Pueden beber del cáliz que yo he de beber?
Ellos dijeron que sí, aceptando. Y Él les dijo:
—A la verdad, de mi cáliz beberéis. Pero el sentarse a mi derecha y a mi izquierda no es mío darlo, sino del Padre.
No supe entonces si eso era una dádiva o un castigo. Pero con los años comprendí que era una profecía.
Aun así, aquí en la Tierra, dispersos como ovejas, estamos a la diestra y a la siniestra del Señor siempre. Cualquiera puede testificar del Hijo de Dios. Y todo aquel que admira su ejemplo y cree en Él, da fe de su divinidad. Con el Señor como modelo y sustento.
Cuando nos apresaron, el soldado y yo fuimos llevados a prisión. Pero antes, vi algo que no olvidaré jamás: solo dos de sus doce discípulos quedaron peleando junto a Él. Eran Santiago y Juan.
Santiago, fuerte y poderoso, tenía la esperanza de que el Señor fuera un libertador revolucionario, que salvara al pueblo del poder romano. Aunque sin espada, golpeaba con tal fuerza que derribó a tres soldados de un solo puñetazo. Hicieron falta siete hombres para detenerlo.
Lo que más me sorprendió fue Juan. Menudo, tranquilo, pero con una precisión de gladiador. No derribaba con fuerza, sino con técnica, velocidad y decisión. Tampoco usó espada. Pero sólo pudieron detenerlo cuando, con una espada, amenazaron con matar a Santiago, ya capturado. Solo así Juan se rindió.
Pero aún dudando, amenazaron con matar ahí mismo a Jesús, a mí, y al soldado al que yo había herido. Entonces Juan se entregó. Y fue golpeado brutalmente.
Oí entonces una voz de mando que gritaba:
—¡Malditos malhechores! Solo veníamos por ese tal Jesús, el blasfemo… pero por su osadía, a ustedes dos también los crucificaremos.
Yo quise pelear de nuevo. Comencé a forcejear. Pero entonces, en mi mente, oí la voz de Jesús:
—Ya vamos a ser tres crucificados. No hacen falta más. Hermano mío, mejor cálmate… y cuida de ese hombre que querías matar. Porque no sabías que era tu prójimo. Ahora lo sabes. Ama a tu enemigo, ama a tu hermano. No quiero verte sufrir por nada. Guarda la calma… y verás que las profecías se cumplen. No por capricho, sino por una misión mayor.
Mientras al Maestro lo llevaban ante los sacerdotes y luego ante Pilato, Juan y Santiago ya estaban condenados a muerte. Con el tiempo supe lo que ocurrió: cómo lo acusaron, y cómo Pilato se lavó las manos, símbolo de una justicia que se desentiende. Igual que la venda en los ojos de la mujer que sostiene la balanza inclinada.
Pilato intentó liberarlo, ofreciendo soltar a un prisionero, como era costumbre. Eligieron entre un criminal… y el Señor. El pueblo eligió al criminal. Al saberlo, pensé en todos los que lo habían recibido con palmas y cantos. Creí que lo defenderían. Y sí, muchos lo hicieron, pero fueron menos que los que clamaban por su muerte.
Esa noche no dormí. Pedí a Dios que me ayudara. Al amanecer, escuché pasos acercándose. Se abría la reja. Entonces vi a un viejo amigo: José de Arimatea. Había pagado mi fianza… y la del soldado. Pero como no podían liberarlo legalmente, ofreció más soborno. Eso querían los guardias. Así nos dejaron ir a los dos.
—Gracias, José —le dije—. Viejo amigo… ¿qué ha pasado?
Él me miró con tristeza:
—Van a crucificar al Maestro… y junto a Él, a Juan y Santiago. Pero calma. Él mismo me dijo que es voluntad del Padre. Es el único camino hacia el nuevo pacto. Y al tercer día… resucitará.
Sus palabras me atravesaron. Pensé en la oreja que yo había cortado. En mi furia. Pensé en su ejemplo… y su entrega.
—José, tenemos que estar ahí.
—Lo sé. Y ahí estaremos. Todos sus seguidores, su familia, sus discípulos, su rebaño.
Esperamos la hora. Esa noche tampoco dormí. Desde el Getsemaní hasta el Gólgota, el rostro del Señor irradiaba una solemnidad extraña. Más allá del dolor, más allá de la carne. Caminé a su lado. Quería estar lo más cerca posible. Los soldados obligaron a un joven llamado Simón a ayudarle a cargar la cruz. Envidié a Simón. Él no se amargó… se conmovió. Le ayudó con fuerza. Y el Señor también se conmovió. Vi una lágrima limpiando su camino.
Lo crucificaron junto a otros dos hombres: Juan y Santiago. No hubo juicio. Solo condena. Todos nos acercamos. Su madre estaba delante. Los soldados nos mantenían a raya. Entonces, el Señor nos habló. No con voz humana, sino con una voz que sentimos dentro del alma:
—Mujer, he ahí tu hijo…
Discípulos, he ahí vuestra madre.
Cuidad de ella, porque ahora no solo es viuda… es testigo de la muerte de su
hijo.
Desde entonces, María fue también nuestra madre. Y nosotros, sus hijos. Todos cuidamos de ella, y ella de nosotros.
En medio del delirio del dolor, los dos hombres crucificados a su lado hablaron. Recordé lo que su madre pidió al Señor. Santiago, fiel pero rebelde, gritaba furioso:
—¡Si eres el Hijo de Dios, sálvate y sálvanos! ¡O resucítame tú mismo, y yo acabaré con todos estos que no te reconocen!
Juan lo reprendió:
—¿Ni siquiera temes a Dios, tú, que estás en la misma cruz? Nosotros lo merecemos. Pero Él… Él no ha hecho nada malo.
Y al Señor le dijo:
—Acuérdate de mí, de mi hermano… y de nosotros… cuando vengas en tu Reino.
Entonces el Señor, reconociendo su fe y su compasión, les respondió:
—De cierto os digo: hoy estarán conmigo en el Paraíso.
Se lo dijo a él, al otro… y también a nosotros. Porque Dios no hace acepción de personas.
Capítulo V —El Hermano
“Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que
está en los cielos, ese es mi hermano…”
— Mateo 12:50
Cuando el Maestro expiró, algo de nosotros los vivos
murió con Él. Juan y Santiago murieron también. Vi a Pedro entonces, ahí,
con el rostro muy demacrado, y al joven Juan Marcos junto a él, como
consolándolo. Me pareció extraño ver a Marcos cubierto solo con una túnica.
Pero estaban a mi lado; yo ni siquiera los había notado, pero algo en mi
corazón me condujo a abrazarlos. Con algo de miedo lo hice, porque no estaba
acostumbrado a tener esa intimidad con los Doce. Sin embargo, parecía que ellos
ya me esperaban.
Pedro y el joven Juan Marcos recibieron mi abrazo. Pedro lloró amargamente bajo
mi brazo; el joven Marcos contuvo las lágrimas, pero se notaba que le
preocupaba profundamente su padre espiritual, es decir, Pedro.
—Le fallé al Señor —dijo Pedro—. Huí del Getsemaní
porque tuve miedo. Pero rondé la prisión y la plaza donde estaban ustedes y
el Señor. Al ser reconocido, el miedo me invadió… el miedo y el olvido. Solo
cuando oí cantar al gallo por tercera vez, vino a mi memoria la advertencia del
Señor. Mi traición… y eso me ha hecho sufrir amargamente hasta ahora.
Pero ya he recuperado el valor. Si pudiera regresar el tiempo, yo mismo lo
defendería como lo hicieron Juan y Santiago. Yo mismo pondría ahí una cuarta
cruz para crucificarme.
Al oír eso, ese hombre me conmovió demasiado. Había
demostrado más valor que cualquiera de nosotros. Había demostrado ser una mejor
arma que mi espada, y una lealtad más valiente que la del más bravo de los
guerreros: la lealtad de un verdadero hombre, con sueños, temores y —sobre
todo— el valor de arrepentirse y reconocer sus errores, afrontarlos y vivir
para redimirlos.
Por eso entendí cuando Jesús dijo que él sería la roca sobre la cual
edificaría su Iglesia. Entonces el temor se fue, la duda también, y los
abracé más fuerte.
Entonces el joven Juan Marcos habló también:
—No digas eso, padre. Yo estuve ahí también, con temor, y
solo una sábana me cubría. Era una tela blanca. Me escondí solo para ver lo
que pasaba. Estaba aseándome cuando todo ocurrió, por eso tomé solo esa tela y
corrí a ver si estabas en peligro. Es cierto que pocos se quedaron, pero tú
fuiste el único que regresó sobre tus pasos.
Te vi entrar temblando al patio de la guardia, y te vi cuando tuviste miedo de
ser reconocido. Tú no traicionaste al Señor… solo fuiste humano. Un humano con
mucho valor. Como tantas veces te lo dijo el Maestro.
Te vi llorar amargamente, no por ser reconocido, sino porque tú mismo te
reconociste: como hombre, cualquiera. Quise ir a tus brazos para
consolarte, pero al hacerlo casi me descubren, y huí.
Hice lo que mi padre hizo. Ahora te encuentro, y aunque el Señor, Juan y
Santiago están muertos, me alegra tenerte a mi lado. No digas de mí que soy
cobarde. Di que soy valiente, como mi padre.
Al oír a ese joven supe que ya era un sabio, incluso siendo apenas un niño quizá el discípulo más joven de Jesús. Me admiró y me conmovió. Lo entendí. Pero solo Pedro lo comprendió del todo, porque al comprenderlo, se comprendió a sí mismo y dijo:
—No, hijo. No eres cobarde. Eres valiente. Estoy orgulloso de ti. Gracias por acompañarme.
—Padre, el Señor me ha instruido en el amor. Por eso estamos aquí.
Yo los abracé ahora con toda sinceridad. Jesús y sus obras portentosas me admiraron. Y di gracias a Dios Padre por haberlo conocido, por haber coincidido en su tiempo.
La tierra tembló entonces, pero dentro de nosotros hubo
calma.
El cielo se oscureció tres horas. Y el Padre guardó luto. Nosotros hicimos lo
mismo. Nos arrullaba el Espíritu Santo.
Lo que para otros fue terror, para nosotros fue paz. Comprendimos el propósito
de Cristo:
las promesas de Dios no son palabras… son hechos.
Ese día tampoco dormí. Algunos, agotados, sí lograron
descansar. Otros velamos en compañía de nuestra nueva Madre.
El tiempo parecía detenido. El ruido humano cesó. Solo el silencio de la
creación nos rodeaba.
Había uno más, aún más joven que yo. Era Marcos ese mismo que más tarde escribiría con esmero y reverencia el testimonio de Pedro, pero que esa noche aún no sabía que sería evangelista. Solo era un muchacho envuelto apenas con una sábana, curioso, escondido, sin miedo, como solo un niño puede no temer cuando su alma aún está limpia. Se quedó a observarlo todo, sin apartar los ojos, hasta que, cuando el peligro se volvió real y la muerte inminente, salió huyendo, dejando atrás la tela que lo cubría. Desnudo de cuerpo, pero no de espíritu. Y aunque huyó, como todos, su memoria quedó grabada por siempre en los pliegues del Evangelio.
Pedro, en cambio, era el más humano de todos. Lo he dicho muchas veces: su grandeza no está en su perfección, sino en su sinceridad. Amaba con fuerza, creía sin límites, pero el miedo lo quebraba. Esa noche lo siguió, como yo, como algunos otros. Yo me mantuve en la sombra de las rejas de la prisión, pero él se quedó al fuego de una amarga profecía, negó, sí, tres veces, como se había anunciado. Pero su alma no fue derrotada. Su llanto fue sincero. Su miedo, auténtico. Su fidelidad, reconstruida con dolor. Pedro no fue el más fuerte, pero fue el más real. Y quizás por eso fue elegido para ser la piedra.
Esa noche, mientras las mujeres lloraban en su interior y la cruz se erguía, una señal fue reservada para ellas. Dos ángeles les aparecieron junto al sepulcro vacío. Nadie entendía aún, pero yo lo supe luego. Aquellos ángeles, en visión, eran Santiago y Juan ya resucitados en espíritu, ya redimidos, los hijos del trueno. Murieron crucificados, sí, pero también fueron los primeros en resucitar. Fueron ellos quienes anunciaron a las mujeres que el Maestro ya no estaba allí. El cielo los había vestido de gloria, porque fueron los primeros en comprender el misterio del Reino, el misterio del amigo, el misterio del amor que no muere aunque el cuerpo lo haga.
Yo lo observé todo. No desde lejos, sino desde el alma. El fuego, el canto del gallo, las lágrimas de Pedro, los pasos apresurados de Marcos, la voz de las mujeres, los ecos del trueno que ya no venía del cielo, sino del corazón herido por una cruz.
Capítulo VI – El Resucitado
Lucas 24:1–10
“Fueron al sepulcro llevando las especias. Y hallaron removida la piedra del
sepulcro (…) Estando ellas perplejas, se presentaron dos varones con vestiduras
resplandecientes.
—¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”
José de Arimatea, acompañado de Nicodemo, pidió el cuerpo
del Señor a Pilato, y este —atemorizado por los signos celestes— accedió.
Nosotros lo bajamos, y también a Juan y Santiago. A ellos los sepultaron sus
familias. Al Señor, en un sepulcro nuevo.
Yo, al verlo así, lloré. Me hinqué y recé como Él nos enseñó:
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino,
hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
Danos hoy el pan nuestro de cada día.
Perdona nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.
Las mujeres limpiaron su cuerpo con las esencias que trajo Nicodemo. Los hombres nos encargamos de lo pesado. Nos acompañamos en el luto. Incluso los romanos nos daban mayor libertad. Recordamos al centurión que, al ver su muerte, dijo:
—Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios.
Y trazó una cruz en el aire.
Desde entonces, vi que ese gesto se repetía entre los soldados cuando tenían temor de Dios.
El día pasó rápido. Al siguiente, los rumores crecían. El temor a Dios se disipó en apenas un día y medio. Entonces pusieron guardias en la tumba. Temían que los discípulos robaran el cuerpo, recordando que el Señor había dicho que resucitaría al tercer día.
Así comenzó una nueva persecución.
Sin embargo, yo recordaba la promesa de la resurrección para todos. Y recordé
que, para Dios, no hay acepción de personas. Pensé en Juan y Santiago. Según
mis cálculos, ellos también habrían de resucitar. Las autoridades los
olvidaron… pero yo no. Siempre los tuve en mente.
Pero nosotros aguardamos en silencio…
Y llegó el tercer día.
Las mujeres fueron las primeras en saberlo: la piedra
había sido removida, y dos ángeles les anunciaron que Jesús había resucitado.
Incluso Pedro y Marcos los vieron. Cuando los vi, me dijeron:
—Eran Juan y Santiago. Primero eran como ángeles… después se volvieron varones. Nos dijeron que Jesús había resucitado, y ellos también. Pero advirtieron que solo los verdaderos discípulos los reconocerían de ahora en adelante.
Yo me alegré por mi Señor y hermano. Mi corazón palpitaba con fuerza: quería encontrarlo. Otros discípulos ya lo habían visto.
Sin embargo, Tomás, también llamado Dídimo —el Gemelo— no
estaba con los otros la primera vez que el Señor se apareció. No fue por falta
de fe, sino porque su búsqueda era distinta.
Nos hicimos amigos el día en que Jesús transformó el agua en
vino. Más que por devoción, fue por la borrachera. Desde entonces, entablamos
una amistad silenciosa: éramos parecidos. Su forma de ser era racional,
metódica, callada. Yo lo estimaba, aunque nunca habíamos tenido una
conversación profunda. Lo consideraba mi amigo porque se parecía mucho a mí.
A Tomás muchos le decían necio o ateo. Yo sabía que aquello
lo hería. Porque él sí creía. Lo llamaban incrédulo por no aceptar palabras al
vuelo, pero su fe no era ciega: era reflexiva. Buscaba creer no solo con el
corazón, sino con la mente, para poder sostener esa fe frente a cualquier duda,
frente a cualquiera que la cuestionara. Mientras otros lloraban o se escondían,
él caminaba, observaba, investigaba… como un sabio antiguo que necesita
entender antes de proclamar.
Cuando advertí al Maestro sobre el peligro, y luego Pedro
intentó prevenirlo, Tomás no dijo nada. Actuó. Tomó uno de los caballos más
fuertes y rápidos, y se lanzó por rutas alternas para buscar salidas o
refugios. Me explicó que intentaría encontrar una vía de escape para evitar que
apresaran al Maestro. Por eso no estuvo con nosotros aquella noche.
Dicen que dudó de la rapidez con que apresaron a Jesús, a
Juan y a Santiago. Luego dicen que pidió pruebas de la resurrección. Pero yo,
que fui su amigo, sé que Tomás no dudó: simplemente no quería traicionar a su
razón ni a su corazón. Había creído con todo su ser en el Maestro, y al oír
hablar de su resurrección, sintió una herida profunda. Quería creer… pero
necesitaba verlo con sus propios ojos. No por incredulidad, sino por la
necesidad de amar con certeza.
Antes de volver con nosotros, Tomás fue a los sepulcros de
Juan y Santiago. Quiso comprobar si sus cuerpos seguían allí. No encontró nada.
El aire estaba quieto, pero impregnado de algo sagrado. Luego caminó por el
camino donde algunos afirmaban haber visto a dos hombres vestidos de blanco. Y
entonces los vio: no como ángeles, sino como hermanos. Juan y Santiago lo
miraron con ternura y hablaron al unísono:
—A ti no se te niega la Verdad. Tú también estás llamado a
comprenderla. Pero no solo con los ojos, sino con el corazón. Sabemos que tu
ausencia y tu duda se deben a que siempre buscaste una vía razonable para
salvar a nuestro Señor Jesucristo. Pero ni la razón convenció a Jesús, ni a
quienes lo querían matar. Por eso fuiste tú mismo en búsqueda de una solución.
Aunque algunos te llamen Satanás, nosotros sabemos que eres un hombre que nunca
comprendió la necedad de Dios… ni la de los hombres. Por eso estamos aquí, como
almas vivientes, como tus hermanos en Cristo, para ayudarte en tu propio
camino.
Tomás cayó de rodillas. No necesitó más. Volvió con nosotros
aquel mismo día. Su rostro había cambiado. Cuando lo vimos, le preguntamos:
“¿Ahora crees?” Y él, con serenidad, respondió:
—Siempre creí. Solo necesitaba reconocer con certeza que no
era un espejismo de mi amor… sino una realidad viva.
Yo, al ver así a Tomás, sentí la necesidad de alejarme un
momento. No porque dudara, sino porque el Señor aún no se me había aparecido a
mí. Eso me llenó de preguntas. De silencios.
Entonces dicen que el Señor se apareció de nuevo. Esta vez,
fue directo a Tomás. No le ofreció las llagas. Le ofreció un abrazo.
—Ven aquí, Dídimo. Gemelo de todos los que creen y dudan. No
te doy mis heridas para que las verifiques. Te doy mis brazos, para que sepas
que nunca dejé de amarte.
Tomás se lanzó hacia él. Lo abrazó. Lloró como un niño que
vuelve a casa. Dijo:
—¡Señor mío… y Dios mío! Yo siempre he creído en ti. Solo que
mis ojos —por ser pecadores— exigen ver no solo el mundo de adentro, sino
también el de afuera, para que ambos existan como certeza en mi ser.
Y Jesús le respondió:
—Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Pero también
tú eres bienaventurado, porque no buscaste una señal… sino la verdad. Yo
también siempre creí en ti, mi Dídimo Tomás.
Desde ese día, Tomás fue distinto. No hablaba mucho. Cuando
lo hacía, cada palabra pesaba. Era como un alquimista del alma, un sabio que
mezclaba fe y razón, cielo y tierra.
Y aunque el mundo lo recuerda como “el incrédulo”, yo lo
recuerdo como el científico del corazón. El que pensó… y luego creyó. El que
necesitó tocar… pero terminó abrazando.
El Gemelo. No solo de Jesús… sino de todos nosotros.
Desde aquel momento, Juan y Santiago comenzaron a
manifestarse no solo como apariciones espirituales, sino como hombres con
cuerpos glorificados. La gente los confundía con ángeles, pero algunos —los que
tenían fe verdadera— los reconocían como los que murieron con el Señor y
resucitaron con Él. Cumplieron su palabra. Bebieron del mismo cáliz. Y ahora
acompañaban a Jesús en cuerpo y espíritu, desempeñando nuevas misiones más allá
de lo visible.
Y sobre nosotros descendió el Espíritu Santo, el
Consolador.
Fue como despertar de un sueño lúcido. Entendimos que nosotros mismos éramos
sepulcros abiertos… y al despertar, resucitamos. Nacimos de nuevo.
Y comprendimos —aunque solo un poco más— a Dios.
Nuestro hogar ahora era un templo. Nosotros, su iglesia.
Por eso, quise orar. Como nos enseñó el Rabí. Pero esta vez, en mi lengua materna:
PATER NOSTER (Latín)
Pater noster, qui es in cælis,
sanctificetur nomen tuum.
Adveniat regnum tuum.
Fiat voluntas tua, sicut in cælo et in terra.
Panem nostrum quotidianum da nobis hodie.
Et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris.
Et ne nos inducas in tentationem,
sed libera nos a malo. Amen.
Al evocar cada palabra en mi pensamiento, recordaba aquel momento en que nos enseñó la Oración Maestra. Hablaba en voz alta, pero cálida, para que todos entendieran. Su voz sonaba como la de un hijo implorando a su muy amado Padre.
ABUN D’BASHMAYA (Arameo)
Abun d'bashmaya, (Padre, tú que estás en los cielos)
nitkadash shmak. (Santificado tu nombre es)
Tite malkutaj. (Venga a nosotros tu Reino)
Nehwe sebyanaj aykana d'bashmaya af b'ar'a. (Hágase tu voluntad así en la
tierra como en el cielo)
Haw lan lakhma d'sunqanan yaomana. (Danos el pan nuestro de cada día)
Washboq lan hawbayn aykana d'af hnan shbaqan l'hayabayn. (Perdónanos como
nosotros perdonamos a quienes nos ofenden)
Wela talan l'nesyuna (No nos dejes caer en la tentación)
ela patzan min bisha. (Mas líbranos del malo)
Amén.
Y mientras oraba, observaba a aquel soldado… y a los
demás. Algunos eran soldados, otros no. Pero todos tenían algo más que miedo:
tenían temor de Dios.
Con el tiempo, el Espíritu me enseñó cómo debía enseñarse uno a persignarse, no
por miedo ni por respeto, sino por ser testigos de algo que presentimos como
sagrado.
Así lo entendí y así lo enseñé:
Tomamos la mano derecha, juntando índice, medio y pulgar:
símbolo de la Trinidad.
Tocamos la frente y decimos: “En el nombre del Padre” (primer punto cardinal:
el cielo).
Luego llevamos la mano al pecho: “y del Hijo” (segundo punto: donde la
respiración se hace consciente, donde habita nuestra humanidad).
Después al lado derecho: “y del Espíritu” (tercer punto: el corazón del
corazón, invisible, intangible).
Y finalmente al lado izquierdo: “…Santo” (cuarto punto: donde sentimos la vida
latir, donde la sangre fluye).
Al final, llevamos la mano al centro del pecho: quinto punto cardinal, y
decimos:
Amén.
Con nuestros labios, aunque no se muevan. Con nuestra fe.
Amén de amar.
Amén, amén y amén… como nos enseñó el Hijo.
Como si tejiéramos un dril invisible, un abrigo
espiritual que protege cuerpo y alma.
Y para sellar el gesto, formamos un pequeño puño con el pulgar entre los dedos:
un corazón recogido. Lo llevamos a los labios y decimos:
“Con un incandescente amor en nuestro centro del ser.”
Amén.
No como un final.
Sino como un acto de amor.
Capítulo VII – El Apóstol
“Echaron suertes, y la suerte cayó sobre… y fue contado con los once apóstoles.” — Hechos 1:26
Yo nunca lograba estar lo suficientemente cerca como para ser contado entre los doce. Pero con el tiempo, acepté la voluntad de Dios y viví alegre, promoviendo entre nosotros el entendimiento del Evangelio.
Los apóstoles discutían quién ocuparía el lugar de Judas, el que había traicionado a Jesús, yo ya hasta había olvidado ese nombre, después de todo creo que fue uno de los que más sufrió pues nunca pensó que el mismo fue engañado para entregar al Señor no a la cárcel sino a la crueldad humana de grupos religiosos y políticos, todo por poder y aunque lo nieguen, también por dinero, así pues, propusieron dos nombres: José llamado Barsaba ¨El Justo¨, y el mío. Oraron al Padre, y echaron suertes. Se encerraron entre ellos. Solo se veían manos moviéndose y se oían palabras como: “Cefas, Biblos, orcross…” Hasta que dijeron mi nombre: Matías.
Me convertí en el decimotercer apostol. Ellos echaron la suerte pensando en el suplente de Judas pero ese lugar ya nunca nadie lo ocupó, yo solo me convertí en la profecia cumplida de mi profeta favorito y me convertí por suerte o voluntad de Dios en el 13 como ya se me había dicho desde mi terquedad o desde el principio, pero la suerte al final es de Dios aasí que siempre mi agradecimiento es para Él.
Ese mismo día, en el camino, me lo encontré. Jesús.
Se veía glorioso, como nuestro Señor, pero con la cercanía de siempre. O quizá
fue él quien me encontró a mí.
Me echó el brazo encima y dijo, alegremente:
—Ya ves, hermano. Te dije que serías, si no el primero, al menos el último.
Y luego, con esa cara de niño travieso y voz de actor, como si fuera un Padrino:
—El treceavo… ya sabes que soy profeta. ¿Capichi?
Se echó a reír como solo él sabía hacerlo, con esa risa de niño que siempre compartimos.
—¿O a quién crees que me refería cuando dije que los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros? Así te encuentro ahora, como el Apóstol Matías, el treceavo, el de la suerte. Veo que realmente me seguías a mí, no solo a la gente o a mis discípulos.
Yo lo miraba como a mi Señor… y como a ese niño con quien crecí.
—Así es —le dije—. Como nos lo enseñaste, Rabí.
—Esto no es una despedida —añadió.
Su risa se suavizó y su voz se volvió más solemne:
—Ya tengo a mis Apóstoles. Unos harán su obra aquí. Y para los gentiles tengo otro plan. Tengo buenos prisioneros en Cristo que me ayudarán… Pero a ti, te propongo otra cosa.
Me miró con ternura:
—Vive esta vida propia que te ha sido dada. Y cuando la aprecies de verdad —cuando digas “Señor, amigo mío, aprecio mi vida porque me la diste tú y la viví yo”— entonces vendré por ti. Tomaré tu alma conmigo para que se despida de este cuerpo que fuiste, y puedas dejar tus recuerdos aquí. Porque como te dije: un hombre no puede servir a dos amos. Si te aferras a los recuerdos, no podrás gozar la vida eterna.
Guardó silencio. Luego añadió:
—Tu esencia seguirá existiendo. Algún día volverá a caer sobre tu propio nombre. Y si se necesita, se llamará a ese nuevo hombre con tu espíritu. Pero tu nombre solo se dirá una vez en el Evangelio. Solo una. Para que, si es necesario, se te recuerde… o se te llame.
Se rió de nuevo:
—¿Recuerdas a los hijos del Trueno? Ellos pidieron beber de la misma copa que yo. ¡Jajaja! Esos necios han hecho del castigo un gozo. Tienen ya su tarea.
Y entonces me miró con una promesa:
—Tú serás el viajero. Predicarás lo que viste, lo que hizo Jesús, el hombre. Y cuando llegue el momento, serás viajero no solo del suelo, sino también del tiempo.
Hizo una pausa.
—No tomes otro nombre. No te llames cristiano universal ni de otra denominación. Solo di: “Soy cristiano”.
Yo me incliné y le dije:
—Sí, Señor. Yo quiero. Llévame ahora.
Se echó a reír con esa risa suya tan brillante:
—Tonto. Disfruta el regalo que Dios te da: el reconocimiento de estar vivo. Vive. Sé feliz. Porque como también dije… adonde yo voy, ahora ustedes no pueden ir.
Y se fue.
Viví mi vida, viajando y predicando el Evangelio de Jesucristo a las personas. No las llamaba gentiles, ni judíos, ni romanos, ni egipcios… solo personas. A veces amigos. A veces hermanos.
Viví lo que tenía que vivir. Y al final, un día, vino el Señor. Me abrazó y me dijo:
—Ya veo que has sido feliz. Bendito sea Dios. Seguirás siendo mi Treceavo Apóstol. El viajero.
—Ahora vamos con mi Padre, nuestro Padre.
Y añadió:
—Cuando se requiera, tu espíritu será llamado. Buscará una nueva casa entre los hombres. Y entonces, nacerás de nuevo. En su momento, ese hombre nuevo sabrá su nombre y tu nombre verdadero y el secreto de su vida. Será el secreto del secreto. Se reconocerá en sí mismo, siendo un hombre nuevo.
Y me dijo al oído:
—Ese será el tal 999. El Nuevo nuevo nuevo. Desde la tierra dirán tu nombre al revés te dirán a su modo el 666. Pero desde el cielo… los que estamos aquí veremos sobre ti mismo tu verdadero nombre: el 999.
Me guiñó un ojo:
—Y no olvides contar siempre la historia de la mujer que ungió mi cabeza con perfume. Y si quieres, cuenta también tu payasada de echarme vino encima. Yo no olvido, ¿eh? Algún día me vengaré… jajaja. —con su dedo medio y el índice postró sus dedos sobre sus ojos y después como si disparar hacía mí apunto sus dedos y dijo — Te estaré vigilando hermano— después como siempre rompió su seriedad con una carcajada, yo me sentí feliz, pero no pude evitar recordar el único momento en el que lo escuché serio y autoritario cuando me reprendió por usar mi espada.
Luego se puso serio de nuevo:
—Y recuerda nuestros mandamientos. Primero: amarás a Dios sobre todas las cosas. Luego: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y por último, añade el nuevo pacto: contar los hechos sagrados que viste, y la decisión del Hijo de Dios de ser vía y salvación de los hombres.
—Amén —le dije.
Y nos fuimos, cuando nadie nos vio.
Tanto nos fuimos… que parece que nunca existí.
Pero lo mismo se dice de Él.
Así que, para mí, eso está bien.

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