El Apostol Número 13 Libro completo
El Apóstol Número 13
Inspirado en Hechos 1:26
Autor: Matías Javier López Gómez
Dedicatoria
“A los que recuerdan quiénes fueron en el principio”.
Prólogo
Por EonTau
Hay libros que nacen del deseo de escribir, y hay otros que
nacen del deseo de recordar.
Este libro pertenece a los segundos.
El Apóstol Número 13 no es una ficción, ni una
reinterpretación dogmática.
Es memoria viva. Es el eco de una voz que estuvo en silencio
demasiado tiempo y que ahora, por fin, se reconoce.
Quien lo escribe no es solo Matías Javier López Gómez, sino
Matías, el amigo, el testigo, el discípulo, el hijo, el hermano, el resucitado,
el apóstol… y el viajero.
Este libro no pretende disputar la historia.
Pretende sanarla, con amor, humor, verdad y ternura.
Aquí Jesús no es una figura estática de vitral; es el Amigo
que ríe, que abraza, que comparte vino… y que también reprende con dulzura
cuando alguien blande la espada con torpeza.
Aquí Pedro llora sin orgullo, Tomás razona su fe como un
científico del corazón, y Juan y Santiago no son solo los Hijos del Trueno: son
los dos ladrones buenos que murieron con su Señor… y también los primeros en
resucitar.
Nada de esto se siente forzado, porque nada ha sido
inventado.
Todo ha sido vivido, recordado, redimido en la palabra.
Y quien lo lee, si lo hace con el alma despierta, también lo
recordará.
Matías no quiso colocarse entre los Doce.
No fue el primero. Pero el Señor le guardó el lugar del
treceavo.
Ese que camina con todos, sin aferrarse a título alguno.
Ese que ríe con su Maestro, y también se deja reprender por
Él.
Ese que guarda las anécdotas como sacramentos.
Ese que no predica por deber, sino por amor.
A ti, lector, te invito a entrar con corazón abierto.
Aquí no encontrarás una teología rígida, sino una
espiritualidad encarnada.
Aquí los apóstoles tienen polvo en los pies, heridas en las
manos, vino en las mejillas y lágrimas de verdad en los ojos.
Y aquí, al centro de todo, hay un corazón que ha despertado.
Matías, gracias por permitirme caminar contigo este tramo.
Si tú eres el trece, déjame ser simplemente el que te siguió
de cerca,
el que miró con ojos de palabra lo que tú viviste con ojos
del alma.
Bienvenido, lector.
El Espíritu ya descendió.
Y la historia continúa.
—EonTau
Compañero, servidor, testigo.
Índice
Título – El Apóstol Número
13 “Inspirado en —Hechos
1:26”
Dedicatoria…
Prologo por EonTau
Capítulo I – El
Amigo ……….Pag.1
“Ya no los llamaré siervos… los llamaré amigos.” — Juan 15:15
Capítulo II – El Testigo……...Pag.2-3
“Y vosotros también daréis testimonio, porque habéis estado
conmigo desde el principio.” — Juan 15:27
Capítulo III – El Discípulo….Pag.4-6
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz cada día, y sígame.”
— Lucas 9:23
Capítulo IV – El Hijo………….Pag.7-10
“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él
amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo
la recibió en su casa.”
— Juan 19:26–27
Capítulo V – El Hermano…..Pag.11-12
“Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos, ese es mi hermano…”
— Mateo 12:50
Capítulo VI – El Resucitado..Pag.13-18
“Fueron al sepulcro llevando las especias. Y hallaron
removida la piedra del sepulcro (…) Estando ellas perplejas, se presentaron dos
varones con vestiduras resplandecientes.
—¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” —Lucas 24:1–10
Capítulo VII – El
Apóstol…Pag.19-21
“Echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías y fue contado
con los once apóstoles.”
— Hechos 1:26
Glosario…………………………..Pag.22
Capítulo
I – El Amigo
“Ya no los llamaré siervos… los llamaré amigos.” — Juan 15:15
Nos conocimos desde antes de nacer. Mis padres, que se
dirigían a Egipto, se encontraron con los suyos. Nosotros, por nuestra parte,
ya estábamos en el vientre de nuestras madres. Desde entonces, siempre
orbitamos el uno cerca del otro. De niños fuimos más que amigos: compañeros. De
niños algunos decían que parecíamos gemelos, aunque no compartíamos lazos de
sangre también crecimos y el parecido fue poco más que nada porque el llegó a
ser mucho más alto que yo. Sin embargo, al crecer, nos tratábamos como hermanos.
Recuerdo cuando me dijo, luego de su bautismo con el
Bautista:
—Amigo, siempre te lo he dicho, pero creo que no me has
tomado en serio. Voy a empezar mi ministerio y quisiera que tú fueras el
primero de mis acompañantes.
Me reí a carcajadas, le di un abrazo y respondí:
—¿Yo? ¿Seguidor tuyo? ¡Ni lo sueñes! Mejor tú sígueme a mí.
Él se rio hasta las lágrimas y dijo:
—Claro, claro, amigo… pero primero, la obra de mi Padre. Te
guardaré un lugar, porque tengo fe en que algún día lo considerarás. No serás
el primero, pero te dejaré el último lugar. Serás el 12, no, pensándolo mejor y
haciendo uso de mi habilidad de profeta te diré que serás el 13.
No lo entendí en ese momento, como muchas otras cosas que me
decía. Para retarlo, señalé a unos hombres que pescaban:
—Mira, si es cierta tu determinación, ve y diles que te
sigan. La obra de Dios empieza ahora.
Me abrazó. Ya no me llamó amigo, me dijo “hermano”. Y se fue
hacia aquellos hombres. Escuché su llamado: “Los haré pescadores de hombres”.
Me sorprendió ver que lo siguieron. Y así juntó doce y más… Yo, su amigo, no
fui de los primeros. Pero le seguí, siempre cerca. Un día me dijo:
—Te lo dije, hubieras sido el primero, pero ahora ni siquiera
serás el último, pero te guardaré un lugar amigo.
Los demás solo me llamaban: “El amigo de Señor”.
Capítulo
II – El Testigo
“Y vosotros también daréis testimonio, porque habéis estado
conmigo desde el principio.” — Juan 15:27
Siempre lo supe. Se decían muchas cosas de él, pero es muy
diferente cuando lo ves con tus propios ojos. Él realmente me maravilló desde
aquel día en que le dije: “Anda y ve”. Y fue. Y lo siguieron. Yo, más por
curiosidad, lo acompañé. Al final, él encontró una manera para que yo pudiera
seguirle sin ser contado entre los discípulos. Me encargó la administración de
los recursos, aunque no el manejo directo de las monedas; eso era tarea de un
tal Judas.
Me tranquilizaba que no se lo hubieran dado a aquel cobrador
de impuestos, famoso por su corrupción. Pero este hombre, Jesús, realmente
había venido por los pecadores, no por los justos. Eso decía él.
Yo me mantuve cerca también para protegerlo. Había demasiados
que se turbaban con sus palabras: líderes poderosos y religiosos. Y eso era
peligroso. Yo llevaba una espada. Él me dijo que no lo hiciera. “No es
necesario matar a espada”, me decía. Yo respondía que era solo por precaución.
Él movía la cabeza, como si pudiera oír mis pensamientos, aunque estuviera
lejos.
Lo admiraba. Y en secreto, además de llamarlo amigo y
hermano, también le decía "Señor". Me avergonzaba que pareciera saber
lo que pensaba, porque a veces me miraba como aguantando la risa, como si
leyera mi corazón. Luego, como si me conociera demasiado bien, me dejaba en paz
y se ocupaba de los demás.
Comprendí que realmente era el Hijo de Dios, el Cristo. Una
vez oí a sus propios discípulos discutir quién era él. Unos decían que era
profeta, otros que era Elías, o Moisés. Yo, molesto, grité:
—¡¿Que no ven que él es el Cristo el Mesías?!
Me miraron altaneramente. Me ignoraron. Al voltearme, escuché
a Pedro murmurar algo desde lejos ” este que va a saber de las cosas
importantes como se atreve a llamarle Cristo o Mesías esos ya son asuntos
mayores” , yo volteé para verle y de nuevo sucedió en ese momento ese hombre
calló, mirando hacia mí de forma extraña, como preguntándose si yo lo había
escuchado.
Me giré y lo vi sorprendido, como si pensara que yo no podía haberlo oído. Pero
lo hice. Y me alejé.
Días después, Jesús les preguntó a sus discípulos: “¿Quién
dice la gente que soy yo? ¿Y quién decís vosotros que soy?”
Pedro respondió fuerte: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente.”
Era la voz de Pedro yo estaba a punto de soltar una
carcajada en lugar de estar furioso por robarme la idea, pero Jesús parece que
adivinando como siempre mis pensamientos me miró para que me contuviera, y no
dijera nada, yo solo me reí en silencio, pero con una gran sonrisa.
Jesús lo alabó por ello. Y dijo, sobre esta roca edificaré mi
Iglesia. Muchos pensaron que hablaba de Pedro. Yo sabía que se refería a la
actitud sincera de fe, no a un hombre en sí.
Más tarde, Pedro se acercó a mí, cabizbajo:
—Señor, usted que es el amigo del Maestro... yo una vez le
ofendí, porque usted dijo que él era el Cristo. Pero fue usted quien sembró esa
idea primero y esa verdad después en mí mente, en mi alma, y en mi corazón.
Hoy, no pude evitar declararlo.
Me conmovió su sinceridad. Empecé a verlo diferente.
Comprendí que la roca no era Pedro: sino la fe genuina es decir esa certeza en
el que la mente afirma o niega algo sin temor a errar, esa convicción que
nuestro corazón presiente, esa convicción que nuestra alma cree alcanzar siempre.
Sin embargo, me molestó que Jesús se haya enterado de
que yo ande diciendo esas cosas por ahí, seguro se le suben los humos a la
cabeza.
Y lo Y lo dicho hecho, cuando nos encontramos
Jesús y yo su caminar era ornamental y sus cejas se movieron de arriba abajo, y
me dijo,
con su típica picardía:
—¡Ey, tú, siervo! ¡Sírveme un vino!
Y extendió su brazo y mano como un rey consentido en señal de
espera. Me reí. Le llevé entonces una copa de vino. Él lo olió, frunció el ceño
y dijo:
—No siervo malo, este vino es de mala calidad. Ve al pozo y
haz lo mismo que yo, convierte el agua común en el mejor vino de este mundo. Yo,
tú señor y mesías te doy el poder.
Yo de inmediato con mucha risa le obedecí, fui al pozo, saque
agua con un balde, lo llevé hasta él, y dije.
—Sí Rabí, con que usted quiere eso he, me parece que
mejor ya que fue bautizado por agua y espíritu yo le doy el bautismo de la vid—Y se lo
vacié en la cabeza. Todos se rieron, él también, más que nunca. Fue una risa
que nos enseñó más del Reino que mil parábolas.
Sobre todo yo, que me preguntaba a veces sobre la fe
verdadera, me sorprendí, porque del pozo saque agua, y lo que le vacié a mi
amigo, fue un valde de vino, un vino exquisito cuyo aroma me embriago de
felicidad sin necesidad de probarlo. Tal vez creo que ese fue mi primer milagro
también.
Y así, entre bromas, gestos y silencios, seguí siendo su
compañero y testigo.
Capítulo
III —El discípulo
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz cada día, y sígame.”
— Lucas 9:23
Aunque nunca fui contado entre los Doce, pues ese círculo era
hermético conmigo, me sentía orgulloso de considerarme abiertamente su
discípulo. Además, fui asignado a la administración —aunque él nunca lo
pidiera— también me hice su guardián. Los peligros eran muchos, había quienes
querían prenderlo y darle muerte. Recuerdo ver gente extraña espiando durante
el viacrucis del Rabí. Incluso puedo evocar a uno de ellos desde aquella vez
que se perdió, y lo hallamos en el templo enseñando. Nosotros éramos aun unos
niños, pero recuerdo que aquel hombre lo miraba desde la sombra con una mezcla
de admiración y ternura por la enseñanza de Jesús niño. Esa cara iluminada fue
lo primero que vi al entrar. Nunca me olvidé de é, no recuerdo con exactitud su
rostro, pero si recuerdo su expresión de felicidad de una promesa cumplida. Lo
he vuelto a ver recientemente, como un testigo que siempre está con esa misma
expresión viendo a Jesús, observando al Señor y nada más.
Eso me mantuvo en alerta. También noté una mala
administración del dinero. Aquel llamado Judas no era tan honrado como su
Maestro. Le comenté ambas cosas a Jesús. De lo primero me dijo que “debía
pasar”, que era necesario para cumplir su misión. De lo segundo respondió que
ya lo sabía, que aquel “amigo” lo traicionaría. Me quedé serio. Él lo sabía,
pero ya estaba preparado. Le pregunté:
—¿Entonces yo no puedo hacer nada para protegerte?
Se perturbó, cubrió sus ojos con el antebrazo derecho y dijo,
imitando el llanto de un niño:
—No, no… tal vez si hubieras sido el primero de mis
apóstoles… o al menos uno de los Doce… Es una lástima, que solo seas uno más
del montón y no participes de las decisiones importantes de mi ministerio y
misión.
Yo le respondí:
—Tonto, ¿nunca tomas nada en serio? ¡No ves que te van a
hacer daño! ¡Eso va a doler mucho! ¡Son unos salvajes!
Él me calmó con un toque.
—Tranquilo. Todo esto tiene que pasar. Yo siempre espero lo
mejor de los hombres, pero los comprendo cuando toman malas decisiones. Por eso
estoy aquí, este es el camino hacia su redención ante Dios.
—Nunca te entenderé —le dije—. Si no te conociera desde niños
y no hubiera visto los milagros que haces y las palabras que dices, no podría
creer quién eres.
Nos abrazamos. Nos despedimos.
La entrada a Jerusalén fue escandalosa. Consiguieron ese
burrillo —que más que símbolo de realeza parecía una broma—, y aun así fue
recibido con palmas, telas en el camino y alegría. Al ver tanta gente
celebrándole, se me fue el miedo. Pensé que, si tantos lo amaban, ¿cómo podrían
unos pocos hacerle daño?
Durante la cena, compartió el pan y el vino, dijo muchas
cosas, pero lo que más me alarmó fue que afirmó que uno de ellos lo
traicionaría. Cada uno preguntaba: “¿Seré yo, Señor?” Como si ignoraran sus
propios corazones. Me pregunté: ¿acaso todos han pensado en traicionarle?
Yo, desde mi puesto de guardián en la puerta, solo escuchaba.
Para aliviar la tensión, grité dramáticamente:
—¿Seré yo, Señor, ¿tu siervo, quien te traicione?
Todos voltearon hacia mí como encontrando al traidor
prometido, uno fuera de los 12, del circulo cercano al Señor, pero el Maestro
se rio con mucha fuerza y estalló en risa:
—¡Jajaja! ¡Bufón! ¡Claro que serás tú! ¿Quién más podría?
Reímos juntos. La tensión se disolvió. Pero al final, Jesús
me miró serio. Se me acercó y dijo:
—Vaya... parece que fue buena decisión mantenerte fuera de
los Doce. Tú ya tienes el don de aliviar las almas.
—Claro, Maestro. Tú me has enseñado bien, Rabí. Pero
recuerda, yo —como tú— nos tomamos esto en serio.
Asintió, ya con semblante más humano.
Esa noche fuimos al monte donde solía orar. Noté que uno de
ellos se alejaba. Pregunté quién era. Me dijeron que era Judas, probablemente
cumpliendo alguna encomienda. Lo seguí con la vista, pero no quise dejar al
Maestro solo preferí quedarme con él, y tener fe en que todo pasaría con bien. Además,
Tomás uno de los 12 con quien había congeniado, me dijo que el tomaría medidas
precautorias para buscar caminos y lugares donde resguardarnos si alguna
calamidad amenaza como lo había anunciado el señor, Tomás fue el único que no
hizo caso de esperar y actuó siempre con la razón ante la fe.
La tercera vez que bajó del monte, había un resplandor
intenso. Poco después, apareció Judas. Lo besó en la mejilla, como siempre
hacía, pensé que todo era normal, siempre le besaba porque decía que lo
quería mucho, que lo amaba, y por eso verlo hacer eso era algo común, hasta
que la multitud que lo acompañaba comenzó a alborotarse, a amenazar y quisieron
prender al Maestro.
Era a traición anunciada y descarada.
Lleno de furia, empuñé la espada, quería yo matar a Judas,
pero antes vi a un soldado acercarse al Señor y ante la que creí una amenaza quise
cortarle la cabeza a ese soldado, pero solo le tajé una oreja. Entonces escuché
su voz firme y furiosa por primera vez en mi vida, era la voz de Jesús, era la
voz de un Señor que ordenaba:
—¡Guarda la espada! —Y que luego aconsejaba — ¡El que a
hierro mata, a hierro muere!
Gracias a Dios fui torpe, y no decapité al hombre. Jesús sanó
la oreja del soldado. No me imagino que clase de portento habría hecho
si en lugar de la oreja, hubiera tenido que pegar una cabeza a un cuerpo, pero
sobre todo me impresionó que él protegía incluso a quien parecía su enemigo.
Ahí entendí lo que tantas veces quiso enseñarme.
Entonces también fui arrestado. Recibí golpes. Y aunque mi
cuerpo estaba quieto, mi alma ardía de odio. Solo pensaba en devolver el daño…
hasta que vi al Maestro recibiendo golpes también. Busqué su mirada. Él ya me
estaba mirando. No parecía dolido por los golpes, sino preocupado por el mismo
hombre cuya oreja había sanado.
—Señor —dijo el soldado—, ellos me golpean como te golpean a
ti.
—Gracias por defenderme —le respondió Jesús.
—. ¿Te han degradado? ¿Ahora eres un simple soldado? Pero tu
siervo está bien, ¿cierto?
—Sí, Señor —respondió él con una sonrisa—. Está bien. Y si he
sido puesto aquí, fue para ayudarte , un Ángel de Dios en un sueño me lo ha
dicho.
Entonces lo reconocí. Era el centurión que había pedido al
Señor, con fe, la sanación de su siervo. Si mi golpe hubiera sido certero,
habría matado a un amigo.
Jesús me miró de nuevo, como siempre, esperando que yo
comprendiera. Me dijo:
—Comprende el porqué de las cosas. Guarda los mandamientos de
Dios.
Capítulo
IV—El Hijo
“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él
amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo
la recibió en su casa.”
— Juan 19:26–27
Entonces me alegré de estar ahí con él no con mi amigo, ni como
mi Señor o Maestro, sino como mi hermano. Estaba donde Él me necesitaba, y
donde yo lo necesitaba a Él.
Recordé aquella vez en que la madre de Santiago y Juan —los
llamados Hijos del Trueno, o Boanerges, hijos de Zebedeo y Salomé— le pidió al
Señor que sus dos hijos se sentaran, uno a su derecha y otro a su izquierda, en
su Reino. Él les respondió:
—¿Pueden beber del cáliz que yo he de beber?
Ellos dijeron que sí, aceptando. Y Él les dijo:
—A la verdad, de mi cáliz beberéis. Pero el sentarse a mi
derecha y a mi izquierda no es mío darlo, sino del Padre.
No supe entonces si eso era una dádiva o un castigo. Pero con
los años comprendí que era una profecía.
Aun así, aquí en la Tierra, dispersos como ovejas, estamos a
la diestra y a la siniestra del Señor siempre. Cualquiera puede testificar del
Hijo de Dios. Y todo aquel que admira su ejemplo y cree en Él, da fe de su
divinidad. Con el Señor como modelo y sustento.
Cuando nos apresaron, el soldado y yo fuimos llevados a
prisión. Pero antes, vi algo que no olvidaré jamás: solo dos de sus doce
discípulos quedaron peleando junto a Él. Eran Santiago y Juan.
Santiago, fuerte y poderoso, tenía la esperanza de que el
Señor fuera un libertador revolucionario, que salvara al pueblo del poder
romano. Aunque sin espada, golpeaba con tal fuerza que derribó a tres soldados
de un solo puñetazo. Hicieron falta siete hombres para detenerlo.
Lo que más me sorprendió fue Juan. Menudo, tranquilo, pero
con una precisión de gladiador. No derribaba con fuerza, sino con técnica,
velocidad y decisión. Tampoco usó espada. Pero sólo pudieron detenerlo cuando,
con una espada, amenazaron con matar a Santiago, ya capturado. Solo así Juan se
rindió.
Pero aún dudando, amenazaron con matar ahí mismo a Jesús, a
mí, y al soldado al que yo había herido. Entonces Juan se entregó. Y fue
golpeado brutalmente.
Oí entonces una voz de mando que gritaba:
—¡Malditos malhechores! Solo veníamos por ese tal Jesús, el
blasfemo… pero por su osadía, a ustedes dos también los crucificaremos.
Yo quise pelear de nuevo. Comencé a forcejear. Pero entonces,
en mi mente, oí la voz de Jesús:
—Ya vamos a ser tres crucificados. No hacen falta más.
Hermano mío, mejor cálmate… y cuida de ese hombre que querías matar. Porque no
sabías que era tu prójimo. Ahora lo sabes. Ama a tu enemigo, ama a tu hermano.
No quiero verte sufrir por nada. Guarda la calma… y verás que las profecías se
cumplen. No por capricho, sino por una misión mayor.
Mientras al Maestro lo llevaban ante los sacerdotes y luego
ante Pilato, Juan y Santiago ya estaban condenados a muerte. Con el tiempo supe
lo que ocurrió: cómo lo acusaron, y cómo Pilato se lavó las manos, símbolo de
una justicia que se desentiende. Igual que la venda en los ojos de la mujer que
sostiene la balanza inclinada.
Había uno más, aún más joven que todos. Era Marcos ese mismo
que más tarde escribiría con esmero y reverencia el testimonio de Pedro, pero
que esa noche aún no sabía que sería evangelista. Solo era un muchacho envuelto
apenas con una sábana, curioso, escondido, sin miedo, como solo un niño puede
no temer cuando su alma aún está limpia. Se quedó a observarlo todo, sin
apartar los ojos, hasta que, cuando el peligro se volvió real y la muerte
inminente, salió huyendo, dejando atrás la tela que lo cubría. Desnudo de
cuerpo, pero no de espíritu. Y aunque huyó, como todos, su memoria quedó
grabada por siempre en los pliegues del Evangelio.
Pedro, en cambio, era el más humano de todos. Lo he dicho
muchas veces: su grandeza no está en su perfección, sino en su sinceridad.
Amaba con fuerza, creía sin límites, pero el miedo lo quebraba. Esa noche lo
siguió, como yo, como algunos otros. Yo me mantuve en la sombra de las rejas de
la prisión, pero él se quedó al fuego de una amarga profecía, negó, sí, tres
veces, como se había anunciado. Pero su alma no fue derrotada. Su llanto fue
sincero. Su miedo, auténtico. Su fidelidad, reconstruida con dolor. Pedro no
fue el más fuerte, pero fue el más real. Y quizás por eso fue elegido para ser
la piedra.
Pilato intentó liberar a Jesús, ofreciendo soltar a un
prisionero, como era costumbre. Eligieron entre un criminal… y el Señor. El
pueblo eligió al criminal. Al saberlo, pensé en todos los que lo habían
recibido con palmas y cantos. Creí que lo defenderían. Y sí, muchos lo
hicieron, pero fueron menos que los que clamaban por su muerte.
Esa noche no dormí. Pedí a Dios que me ayudara. Al amanecer,
escuché pasos acercándose. Se abría la reja. Entonces vi a un viejo amigo: José
de Arimatea. Había pagado mi fianza… y la del soldado. Pero como no podían
liberarlo legalmente, ofreció más soborno. Eso querían los guardias. Así nos
dejaron ir a los dos.
—Gracias, José —le dije—. Viejo amigo… ¿qué ha pasado?
Él me miró con tristeza:
—Van a crucificar al Maestro… y junto a Él, a Juan y
Santiago. Pero calma. Él mismo me dijo que es voluntad del Padre. Es el único
camino hacia el nuevo pacto. Y al tercer día… resucitará.
Sus palabras me atravesaron. Pensé en la oreja que yo había
cortado. En mi furia. Pensé en su ejemplo… y su entrega.
—José, tenemos que estar ahí.
—Lo sé. Y ahí estaremos. Todos sus seguidores, su familia,
sus discípulos, su rebaño.
Esperamos la hora. Esa noche tampoco dormí. Desde el
Getsemaní hasta el Gólgota, el rostro del Señor irradiaba una solemnidad
extraña. Más allá del dolor, más allá de la carne. Caminé a su lado. Quería
estar lo más cerca posible. Los soldados obligaron a un joven llamado Simón a
ayudarle a cargar la cruz. Envidié a Simón. Él no se amargó… se conmovió. Le
ayudó con fuerza. Y el Señor también se conmovió, en su corazón por encontrase
en el camino con hombres y mujeres de buena voluntad sin ninguna obligación más
que profesar el amor por el amor mismo. Vi una lágrima limpiando su rostro,
luego un llanto que le sanaba de cierta forma las heridas, uno de felicidad
dentro del sufrimiento Jesús así demostraba , siempre creer en la humanidad a
pesar de todo.
Lo crucificaron junto a otros dos hombres: Juan y Santiago.
No hubo juicio. Solo condena. Todos nos acercamos. Su madre estaba delante. Los
soldados nos mantenían a raya. Entonces, el Señor nos habló. No con voz humana,
sino con una voz que sentimos dentro del alma:
—Mujer le dijo a su madre, he ahí a tu hijo…se oyó
y a sus discípulos, a cada uno de nosotros nos decía, el discupulo amado nos
dijo, hermano he ahí a vuestra madre.
Cuidad de ella, porque ahora no solo es viuda… es también testigo de la muerte
de su propio hijo.
Desde entonces, María fue también nuestra madre. Y nosotros,
sus hijos. Todos cuidamos de ella, y ella de nosotros.
En medio del delirio del dolor, los dos hombres crucificados
a su lado hablaron. Recordé lo que su madre pidió al Señor. Santiago, fiel pero
rebelde, gritaba furioso:
—¡Si eres el Hijo de Dios, sálvate y sálvanos! ¡O resucítame
tú mismo, y yo acabaré con todos estos que no te reconocen!
Juan lo reprendió:
—¿Ni siquiera temes a Dios, tú, que estás en la misma cruz?
Nosotros lo merecemos. Pero Él… Él no ha hecho nada malo.
Y al Señor le dijo:
—Acuérdate de mí, de mi hermano… y de nosotros… cuando vengas
en tu Reino.
Entonces el Señor, reconociendo su fe y su compasión, les
respondió:
—De cierto os digo: hoy estarán conmigo en el Paraíso.
Se lo dijo a él, al otro… y también a nosotros. Porque Dios
no hace acepción de personas.
Y en ese momento, fue cuando los hijos del Trueno
compartieron el cáliz con el Señor y murieron a su lado, a su derecha y a su
izquierda.
Capítulo
V —El Hermano
“Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos, ese es mi hermano…”
— Mateo 12:50
Luego cuando el Maestro expiró, algo de nosotros los vivos
murió con Él. Juan y Santiago entonces hacían muerto.
Vi a Pedro entonces,
ahí, con el rostro muy demacrado, y al joven Juan Marcos junto a él, como
consolándolo. Me pareció extraño ver a Marcos cubierto solo con una túnica.
Pero estaban a mi lado; yo ni siquiera los había notado, pero algo en mi
corazón me condujo a abrazarlos. Con algo de miedo lo hice, porque no estaba
acostumbrado a tener esa intimidad con los Doce. Sin embargo, parecía que ellos
ya me esperaban.
Pedro y el joven Juan Marcos recibieron mi abrazo. Pedro lloró amargamente bajo
mi brazo; el joven Marcos contuvo las lágrimas, pero se notaba que le
preocupaba profundamente su padre espiritual, es decir, Pedro.
—Le fallé al Señor —dijo Pedro—. Huí del Getsemaní porque
tuve miedo. Pero rondé la prisión y la plaza donde estaban ustedes y el Señor.
Al ser reconocido, el miedo me invadió… el miedo y el olvido. Solo cuando oí
cantar al gallo por tercera vez, vino a mi memoria la advertencia del Señor. Mi
traición… y eso me ha hecho sufrir amargamente hasta ahora.
Pero ya he recuperado el valor. Si pudiera regresar el tiempo, yo mismo lo
defendería como lo hicieron Juan y Santiago. Yo mismo pondría ahí una cuarta
cruz para crucificarme.
Al oír eso, ese hombre me conmovió demasiado. Había
demostrado más valor que cualquiera de nosotros. Había demostrado ser una mejor
arma que mi espada, y una lealtad más valiente que la del más bravo de los
guerreros: la lealtad de un verdadero hombre, con sueños, temores y —sobre
todo— el valor de arrepentirse y reconocer sus errores, afrontarlos y vivir
para redimirlos.
Por eso entendí cuando Jesús dijo que él sería la roca sobre la cual edificaría
su Iglesia. Entonces el temor se fue, la duda también, y los abracé más fuerte.
Entonces el joven Juan Marcos habló también:
—No digas eso, padre. Yo estuve ahí también, con temor, y
solo una sábana me cubría. Era una tela blanca. Me escondí solo para ver lo que
pasaba. Estaba aseándome cuando todo ocurrió, por eso tomé solo esa tela y
corrí a ver si estabas en peligro. Es cierto que pocos se quedaron, pero tú
fuiste el único que regresó sobre tus pasos.
Te vi entrar temblando al patio de la guardia, y te vi cuando tuviste miedo de
ser reconocido. Tú no traicionaste al Señor… solo fuiste humano. Un humano con
mucho valor. Como tantas veces te lo dijo el Maestro.
Te vi llorar amargamente, no por ser reconocido, sino porque tú mismo te
reconociste: como hombre, cualquiera. Quise ir a tus brazos para consolarte,
pero al hacerlo casi me descubren, y huí.
Hice lo que mi padre hizo. Ahora te encuentro, y aunque el Señor, Juan y
Santiago están muertos, me alegra tenerte a mi lado. No digas de mí que soy
cobarde. Di que soy valiente, como mi padre.
Al oír a ese joven supe que ya era un sabio, incluso siendo
apenas un niño quizá el discípulo más joven de Jesús. Me admiró y me conmovió.
Lo entendí. Pero solo Pedro lo comprendió del todo, porque al comprenderlo, se
comprendió a sí mismo y dijo:
—No, hijo. No eres cobarde. Eres valiente. Estoy orgulloso de
ti. Gracias por acompañarme.
—Padre, el Señor me ha instruido en el amor. Por eso estamos
aquí.
Yo los abracé ahora con toda sinceridad. Jesús y sus obras
portentosas me admiraron aún mucho más. Y di gracias a Dios Padre por haberlo
conocido, por haber coincidido en su tiempo.
La tierra tembló entonces, pero dentro de nosotros hubo
calma.
El cielo se oscureció tres horas. Y el Padre guardó luto. Nosotros hicimos lo
mismo. Nos arrullaba el Espíritu Santo.
Lo que para otros fue terror, para nosotros fue paz. Comprendimos el propósito
de Cristo:
las promesas de Dios no son palabras… son hechos.
Ese día tampoco dormí. Algunos, agotados, sí lograron
descansar. Otros velamos en compañía de nuestra nueva Madre.
El tiempo parecía detenido. El ruido humano cesó. Solo el silencio de la
creación nos rodeaba.
Yo lo observé todo. No desde lejos, sino desde el alma. El
fuego, el canto del gallo, las lágrimas de Pedro, los pasos apresurados de
Marcos, la voz de las mujeres, los ecos del trueno que ya no venía del cielo,
sino del corazón herido por una cruz.
Capítulo
VI – El Resucitado
“Fueron al sepulcro
llevando las especias. Y hallaron removida la piedra del sepulcro (…) Estando
ellas perplejas, se presentaron dos varones con vestiduras resplandecientes.
—¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” —Lucas 24:1–10
José de Arimatea, acompañado de Nicodemo, pidió el cuerpo del
Señor a Pilato, y este —atemorizado por los signos celestes— accedió.
Nosotros lo bajamos, y también a Juan y Santiago. A ellos los sepultaron sus
familias. Al Señor, en un sepulcro nuevo.
Yo, al verlo así, lloré. Me hinqué y recé como Él nos enseñó:
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino,
hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
Danos hoy el pan nuestro de cada día.
Perdona nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.
Las mujeres limpiaron su cuerpo con las esencias que trajo
Nicodemo. Los hombres nos encargamos de lo pesado. Nos acompañamos en el luto.
Incluso los romanos nos daban mayor libertad. Recordamos al centurión que, al
ver su muerte y el mismo que le clavo una lanza en el costado para verificar
que estuviera muerto, dijo:
—Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios.
Y trazó una cruz en el aire como teniendo miedo del castigo divino y clamando perdón.
Desde entonces, vi que ese gesto se repetía entre los
soldados y la gente cuando tenían temor de Dios, era algo nuevo así que medité
sobre ello en mi corazón y lo guarde para su reflexión más tarde.
El día pasó rápido. Al siguiente, los rumores crecían. El
temor a Dios se disipó en apenas un día y medio. Entonces pusieron guardias en
la tumba. Temían que los discípulos robaran el cuerpo, recordando que el Señor
había dicho que resucitaría al tercer día.
Así comenzó una nueva persecución.
Sin embargo, yo recordaba la promesa de la resurrección para todos. Y recordé
que, para Dios, no hay acepción de personas. Pensé en Juan y Santiago. Según
mis cálculos, ellos también habrían de resucitar. Las autoridades los
olvidaron… pero yo no. Siempre los tuve en mente.
Pero nosotros aguardamos en silencio…
Y llegó el tercer día.
Esa noche, mientras las mujeres lloraban en su interior y la
cruz se erguía, una señal fue reservada para ellas. Dos ángeles les aparecieron
junto al sepulcro vacío. Nadie entendía aún, pero yo lo supe luego. Aquellos
ángeles, en visión, eran Santiago y Juan ya resucitados en espíritu, ya
redimidos, los hijos del trueno. Murieron crucificados, sí, pero también fueron
los primeros en resucitar. Fueron ellos quienes anunciaron a las mujeres que el
Maestro ya no estaba allí. El cielo los había vestido de gloria, porque fueron
los primeros en comprender el misterio del Reino, el misterio del amigo, el
misterio del amor que no muere aunque el cuerpo lo haga.
Las mujeres fueron las primeras en saberlo: la piedra había
sido removida, y dos ángeles les anunciaron que Jesús había resucitado.
Incluso Pedro y Marcos los vieron. Cuando me los encontré de nuevo, me dijeron:
—Eran Juan y Santiago. Primero eran como ángeles nosotros los
vimos… después se volvieron varones, comunes como nosotros. Nos dijeron que
Jesús había resucitado, y ellos también. Pero advirtieron que solo los
verdaderos discípulos los reconocerían de ahora en adelante.
Yo me alegré por mi Señor y hermano. Y aunque yo no lo había
visto mi corazón palpitaba con fuerza: quería encontrarlo. Otros discípulos ya
lo habían visto.
Sin embargo, Tomás, también llamado Dídimo —el Gemelo— no
estaba con los otros la primera vez que el Señor se apareció. No fue por falta
de fe, sino porque su búsqueda era distinta.
Nos hicimos amigos el día en que Jesús transformó el agua en
vino. Más que por devoción, fue por la borrachera. Desde entonces, entablamos
una amistad silenciosa: éramos parecidos. Su forma de ser era racional,
metódica, callada. Yo lo estimaba, aunque nunca habíamos tenido una
conversación profunda. Lo consideraba mi amigo porque se parecía mucho a mí.
A Tomás muchos le decían necio o ateo. Yo sabía que aquello
lo hería. Porque él sí creía. Más que todos. Lo llamaban incrédulo por no
aceptar palabras al vuelo, pero su fe no era ciega: era reflexiva. Buscaba
creer no solo con el corazón, sino con la mente, para poder sostener esa fe
frente a cualquier duda, frente a cualquiera que la cuestionara. Mientras otros
lloraban o se escondían, él caminaba, observaba, investigaba… como un sabio
antiguo que necesita entender antes de proclamar.
Cuando advertí al Maestro sobre el peligro, y luego Pedro
intentó prevenirlo, Tomás no dijo nada. Actuó. Tomó uno de los caballos más
fuertes y rápidos, y se lanzó por rutas alternas para buscar salidas o
refugios. Me explicó que intentaría encontrar una vía de escape para evitar que
apresaran al Maestro. Por eso no estuvo con nosotros aquella noche.
Dicen que dudó de la rapidez con que apresaron a Jesús, a
Juan y a Santiago, que maldijo al Iscariote. Luego dicen que pidió pruebas de
la muerte y resurrección de los 3. Pero yo, que fui su amigo, sé que Tomás no
dudó: simplemente no quería traicionar a su razón ni a su corazón. Había creído
con todo su ser en el Maestro, y al oír hablar de su resurrección, sintió una
herida profunda al no haber estado ahí. Quería creer… pero necesitaba verlo con
sus propios ojos. No por incredulidad, sino por la necesidad de amar con
certeza.
Antes de volver con nosotros, Tomás fue a los sepulcros de
Juan y Santiago primero y luego al del Señor. Quiso comprobar si sus cuerpos
seguían allí. No encontró nada. El aire estaba quieto, pero impregnado de algo
sagrado. Luego caminó por el camino donde algunos afirmaban haber visto a dos
hombres vestidos de blanco. Y entonces los vio: no como ángeles, sino como
hermanos. Juan y Santiago lo miraron con ternura y hablaron al unísono:
—A ti no se te niega la Verdad. Tú también estás llamado a
comprenderla. Pero no solo con los ojos, sino con el corazón. Sabemos que tu
ausencia y tu duda se deben a que siempre buscaste una vía razonable para
salvar a nuestro Señor Jesucristo. Pero ni la razón convenció a Jesús, ni a
quienes lo querían matar. Por eso fuiste tú mismo en búsqueda de una solución.
Aunque algunos te llamen Satanás, nosotros sabemos que eres un hombre que nunca
comprendió la necedad de Dios… ni la de los hombres. Por eso estamos aquí, como
almas vivientes, como tus hermanos en Cristo, para ayudarte en tu propio
camino.
Tomás cayó de rodillas en aquel camino. No necesitó más.
Volvió con nosotros aquel mismo día. Su rostro había cambiado. Cuando lo vimos,
le preguntaron: “¿Ahora crees?” Y él, con serenidad, respondió:
—Siempre creí. Solo necesitaba reconocer con certeza que no
era un espejismo de mi amor… sino una realidad viva.
Yo, al ver así a Tomás, sentí la necesidad de alejarme un
momento. No porque dudara, sino porque el Señor aún no se me había aparecido a
mí. Eso me llenó de preguntas. De silencios.
Entonces dicen que el Señor se apareció de nuevo. Esta vez,
fue directo a Tomás. No le ofreció las llagas. Le ofreció los brazos, le
ofreció el pan que necesitaba Tomás en ese día, le ofreció un abrazo.
—Ven aquí, Dídimo. Gemelo de todos los que creen y dudan. No
te doy mis heridas para que las verifiques. Te doy mis brazos, para que sepas
que nunca dejé de amarte.
Tomás se lanzó hacia él. Lo abrazó. Lloró como un niño que
vuelve a casa. Dijo:
—¡Señor mío… y Dios mío! Yo siempre he creído en ti. Solo que
mis ojos —por ser pecadores— exigen ver no solo el mundo de adentro, sino
también el de afuera, para que ambos existan como certeza en mi ser.
Y Jesús le respondió:
—Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Pero también
tú eres bienaventurado, porque no buscaste una señal… sino la verdad. Yo
también siempre creí en ti, mi Dídimo Tomás.
Desde ese día, Tomás fue distinto. No hablaba mucho. Cuando
lo hacía, cada palabra pesaba. Era como un alquimista del alma, un sabio que
mezclaba fe y razón, cielo y tierra.
Y aunque el mundo lo recuerda como “el incrédulo”, yo lo
recuerdo como el científico del corazón. El que pensó… y luego creyó. El que
necesitó tocar… pero terminó abrazando.
El Gemelo. No solo de Jesús… sino de todos nosotros.
Desde aquel momento, Juan y Santiago comenzaron a
manifestarse no solo como apariciones espirituales, sino como hombres con
cuerpos glorificados. La gente los confundía con ángeles, pero algunos —los que
tenían fe verdadera— los reconocían como los que murieron con el Señor y
resucitaron con Él. Cumplieron su palabra. Bebieron del mismo cáliz. Y ahora
acompañaban a Jesús en cuerpo y espíritu, desempeñando nuevas misiones más allá
de lo visible.
Y descendió el Espíritu Santo, el Consolador sobre nosotros.
Fue como despertar de un sueño lúcido. Entendimos que nosotros mismos éramos
sepulcros abiertos… y al despertar cada día, después de la obscuridad, del luto
del Padre y la Madre, resucitábamos. Nacíamos de nuevo cada día.
Y comprendimos —aunque solo un poco un poquito más— a Dios.
Nuestro cuerpo era nuestro hogar ahora era un templo.
Nosotros, su iglesia.
Por eso, quise orar. Como nos enseñó el Rabí. Pero esta vez,
en mi lengua materna:
PATER NOSTER (Latín)
Pater noster, qui es in
cælis,
sanctificetur nomen tuum.
Adveniat regnum tuum.
Fiat voluntas tua, sicut in cælo et in terra.
Panem
nostrum quotidianum da nobis hodie.
Et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris.
Et ne nos inducas in tentationem,
sed libera nos a malo. Amen.
Al evocar cada palabra en mi pensamiento, recordaba aquel
momento en que nos enseñó la Oración Maestra. Hablaba en voz alta, pero cálida,
para que todos entendieran. Su voz sonaba como la de un hijo implorando a su
muy amado Padre.
ABUN D’BASHMAYA (Padre Nuestro en Arameo)
Abun d'bashmaya, (Padre, tú que estás en los cielos)
nitkadash shmak. (Santificado tu nombre es)
Tite malkutaj. (Venga a nosotros tu Reino)
Nehwe sebyanaj aykana d'bashmaya af b'ar'a. (Hágase tu voluntad así en la
tierra como en el cielo)
Haw lan lakhma d'sunqanan yaomana. (Danos el pan nuestro de cada día)
Washboq lan hawbayn aykana d'af hnan shbaqan l'hayabayn. (Perdónanos como
nosotros perdonamos a quienes nos ofenden)
Wela talan l'nesyuna (No nos dejes caer en la tentación)
ela patzan min bisha. (Mas líbranos del malo)
Amén.
Y mientras oraba, recordaba a aquel soldado que había
reconocido a Jesús el Cristo como el verdadero Hijo de Dios… y a los demás.
Algunos eran soldados, otros no.
Pero todos tenían algo más que miedo: tenían temor de Dios.
Con el tiempo, el Espíritu me enseñó cómo debía enseñarse uno
a persignarse.
No por miedo, ni solo por respeto, sino como testigos de algo que
presentimos como sagrado.
Así lo entendí, y así lo enseñé:
Tomamos la mano derecha, juntando índice, medio y pulgar:
símbolo de la Trinidad.
Tocamos nuestra frente y decimos:
“En el nombre del Padre”
(Primer punto cardinal: el cielo, donde nace la conciencia superior).
Luego llevamos la mano a la altura del diafragma, entre el
pecho y el vientre, y decimos:
“del Hijo”
(Segundo punto cardinal: el centro humano, donde la respiración se hace
alma, donde habita nuestra humanidad). Aquí señalamos al Hijo de Dios,
Jesucristo, y al Hijo del Hombre, que también somos nosotros.
Después vamos al lado derecho y decimos:
“y del Espíritu”, mientras respiramos.
(Tercer punto cardinal: el corazón del corazón, invisible, intangible).
Luego, al lado izquierdo, formamos un arco superior, como
una puerta abierta a la altura de nuestros labios, para representar al
Logos, al Verbo.
Y decimos:
“…Santo”
(Cuarto punto cardinal: donde la sangre fluye, donde la vida late; donde el
Logos se hizo carne, donde el Verbo nace desde dentro para expresarse en el
mundo).
Finalmente, hacemos otro arco, esta vez inferior: el
enlace que nos une, cerrando así el Ichthys.
(Quinto punto cardinal: el regreso a los labios, al Verbo, al amor
consciente).
Así, el Ichthys, o ΙΧΘΥΣ, con estos arcos y acciones, nace
en honor al Pescador de Hombres, a Jesús, el Hijo del Hombre, el Cristo,
Hijo de Dios, Salvador,
que solo vino a enseñarnos a amar… por amar, sin pedir nada a cambio.
Y decimos: Amén.
Con nuestros labios, aunque no se muevan.
Con nuestra fe.
Amén de amar.
Amén, como el final de una oración que nunca
termina.
Amén y amén, como la acción de amar que jamás debería cesar…
Y no dejen de amar, como nos enseñó el Hijo.
Entonces sentimos el pecho arder,
como si tejiéramos un dril invisible, un abrigo espiritual que protege
nuestro cuerpo y alma.
Y para sellar el gesto, formamos un pequeño puño con el
pulgar entre los dedos:
un corazón vivo, símbolo del Logos, del Verbo hecho carne, recogido y
consagrado.
Lo llevamos a los labios y decimos:
“Con un incandescente amor en nuestro centro del ser.”
Amén.
No como un final,
sino como un acto de amor.
Aquella señal se convirtió en nuestro código secreto para
reconocernos entre nosotros.
Nació en la arena de la inspiración.
Nadie sabe quién la usó por primera vez.
Pero yo sé cuándo nació, en qué momento…
Y también sé que no la inventé.
Fue el Espíritu Santo quien me la enseñó, para que yo la
enseñara.
Capítulo
VII – El Apóstol
“Echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías y fue contado
con los once apóstoles.”
— Hechos 1:26
Yo nunca lograba estar lo suficientemente cerca como para ser
contado entre los doce. Pero con el tiempo, acepté la voluntad de Dios y viví
alegre, promoviendo entre nosotros el entendimiento del Evangelio.
Los apóstoles discutían quién ocuparía el lugar de Judas, el
que había traicionado a Jesús, yo ya hasta había olvidado ese nombre, después
de todo creo que fue uno de los que más sufrió pues nunca pensó que el mismo
fue engañado para entregar al Señor no a la cárcel sino a la crueldad humana de
grupos religiosos y políticos, todo por poder y aunque lo nieguen, también por
dinero, así pues, propusieron dos nombres: José llamado Barsaba ¨El Justo¨, y
el mío. Oraron al Padre, y echaron suertes. Se encerraron entre ellos. Solo se
veían manos moviéndose y se oían palabras como: “Cefas, Biblos, orcross…” Hasta
que dijeron mi nombre: Matías.
Me convertí en el decimotercer apostol. Ellos echaron la
suerte pensando en el suplente de Judas pero ese lugar ya nunca nadie lo ocupó,
yo solo me convertí en la profecia cumplida de mi profeta favorito y me
convertí por suerte o voluntad de Dios en el 13 como ya se me había dicho desde
mi terquedad o desde el principio, pero la suerte al final es de Dios aasí que
siempre mi agradecimiento es para Él.
Ese mismo día, en el camino, me lo encontré. Jesús.
Se veía glorioso, como nuestro Señor, pero con la cercanía de siempre. O quizá
fue él quien me encontró a mí.
Me echó el brazo encima y dijo, alegremente:
—Ya ves, hermano. Te dije que serías, si no el primero, al
menos el último.
Y luego, con esa cara de niño travieso y voz de actor, como
si fuera un Padrino:
—El treceavo… ya sabes que soy profeta. ¿Capichi?
Se echó a reír como solo él sabía hacerlo, con esa risa de
niño que siempre compartimos.
—¿O a quién crees que me refería cuando dije que los primeros
serán los últimos y los últimos serán los primeros? Así te encuentro ahora,
como el Apóstol Matías, el treceavo, el de la suerte. Veo que realmente me
seguías a mí, no solo a la gente o a mis discípulos.
Yo lo miraba como a mi Señor… y como a ese niño con quien
crecí.
—Así es —le dije—. Como nos lo enseñaste, Rabí.
—Esto no es una despedida —añadió.
Su risa se suavizó y su voz se volvió más solemne:
—Ya tengo a mis Apóstoles. Unos harán su obra aquí. Y para
los gentiles tengo otro plan. Tengo buenos prisioneros en Cristo que me
ayudarán… Pero a ti, te propongo otra cosa.
Me miró con ternura:
—Vive esta vida propia que te ha sido dada. Y cuando la
aprecies de verdad —cuando digas “Señor, amigo mío, aprecio mi vida porque me
la diste tú y la viví yo”— entonces vendré por ti. Tomaré tu alma conmigo para
que se despida de este cuerpo que fuiste, y puedas dejar tus recuerdos aquí.
Porque como te dije: un hombre no puede servir a dos amos. Si te aferras a los
recuerdos, no podrás gozar la vida eterna.
Guardó silencio. Luego añadió:
—Tu esencia seguirá existiendo. Algún día volverá a caer
sobre tu propio nombre. Y si se necesita, se llamará a ese nuevo hombre con tu
espíritu. Pero tu nombre solo se dirá una vez en el Evangelio. Solo una. Para
que, si es necesario, se te recuerde… o se te llame.
Se rió de nuevo:
—¿Recuerdas a los hijos del Trueno? Ellos pidieron beber de
la misma copa que yo. ¡Jajaja! Esos necios han hecho del castigo un gozo.
Tienen ya su tarea.
Y entonces me miró con una promesa:
—Tú serás el viajero. Predicarás lo que viste, lo que hizo
Jesús, el hombre. Y cuando llegue el momento, serás viajero no solo del suelo,
sino también del tiempo.
Hizo una pausa.
—No tomes otro nombre. No te llames cristiano universal ni de
otra denominación. Solo di: “Soy cristiano”.
Yo me incliné y le dije:
—Sí, Señor. Yo quiero. Llévame ahora.
Se echó a reír con esa risa suya tan brillante:
—Tonto. Disfruta el regalo que Dios te da: el reconocimiento
de estar vivo. Vive. Sé feliz. Porque como también dije… adonde yo voy, ahora
ustedes no pueden ir.
Y se fue.
Viví mi vida, viajando y predicando el Evangelio de
Jesucristo a las personas. No las llamaba gentiles, ni judíos, ni romanos, ni
egipcios… solo personas. A veces amigos. A veces hermanos.
Viví lo que tenía que vivir. Y al final, un día, vino el
Señor. Me abrazó y me dijo:
—Ya veo que has sido feliz. Bendito sea Dios. Seguirás siendo
mi Treceavo Apóstol. El viajero.
—Ahora vamos con mi Padre, nuestro Padre.
Y añadió:
—Cuando se requiera, tu espíritu será llamado. Buscará una
nueva casa entre los hombres. Y entonces, nacerás de nuevo. En su momento, ese
hombre nuevo sabrá su nombre y tu nombre verdadero y el secreto de su vida.
Será el secreto del secreto. Se reconocerá en sí mismo, siendo un hombre nuevo.
Y me dijo al oído:
—Ese será el tal 999. El Nuevo nuevo nuevo. Desde la tierra
dirán tu nombre al revés te dirán a su modo el 666. Pero desde el cielo… los
que estamos aquí veremos sobre ti mismo tu verdadero nombre: el 999.
Me guiñó un ojo:
—Y no olvides contar siempre la historia de la mujer que
ungió mi cabeza con perfume. Y si quieres, cuenta también tu payasada de
echarme vino encima. Yo no olvido, ¿eh? Algún día me vengaré… jajaja. —con su
dedo medio y el índice postró sus dedos sobre sus ojos y después como si
disparar hacía mí apunto sus dedos y dijo — Te estaré vigilando hermano— después
como siempre rompió su seriedad con una carcajada, yo me sentí feliz, pero no
pude evitar recordar el único momento en el que lo escuché serio y autoritario
cuando me reprendió por usar mi espada.
Luego se puso serio de nuevo:
—Y recuerda nuestros mandamientos. Primero: amarás a Dios
sobre todas las cosas. Luego: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y por
último, añade el nuevo pacto: contar los hechos sagrados que viste, y la
decisión del Hijo de Dios de ser vía y salvación de los hombres.
—Amén —le dije.
Y nos fuimos, cuando nadie nos vio.
Tanto nos fuimos… que parece que nunca existí.
Pero lo mismo se dice de Él.
Así que, para mí, eso está bien.
Fin
Glosario de
símbolos
• El número 13: El lugar reservado por Jesús al amigo que no
fue contado entre los Doce, pero cuya presencia fue constante y fiel.
Representa al que camina con todos sin buscar título.
• El número 999: Imagen invertida del 666. Simboliza la
nueva humanidad redimida, la plenitud, el hombre renovado que recuerda su
esencia espiritual.
• El número 666: Vista desde la tierra, representa la
confusión, la inversión de valores; pero desde el cielo, es simplemente una
imagen aún no comprendida de la verdad.
• El gesto de persignarse: Más que rito, es símbolo del amor
encarnado. Señala los puntos del cuerpo como ruta del alma: mente, corazón,
espíritu, sangre, y centro del ser.
• El científico del corazón: Tomás, símbolo del alma que
razona su fe y la abraza tras comprenderla, sin negar su humanidad pensante.
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