El Apóstol Número Capítulo VII 13 El Apóstol Capítulo Final

 


Capítulo VII – El Apóstol

“Echaron suertes, y la suerte cayó sobre… y fue contado con los once apóstoles.” — Hechos 1:26

Yo nunca lograba estar lo suficientemente cerca como para ser contado entre los doce. Pero con el tiempo, acepté la voluntad de Dios y viví alegre, promoviendo entre nosotros el entendimiento del Evangelio.

Los apóstoles discutían quién ocuparía el lugar de Judas, el que había traicionado a Jesús, yo ya hasta había olvidado ese nombre, después de todo creo que fue uno de los que más sufrió pues nunca pensó que el mismo fue engañado para entregar al Señor no a la cárcel sino a la crueldad humana de grupos religiosos y políticos, todo por poder y aunque lo nieguen, también por dinero, así pues, propusieron dos nombres: José llamado Barsaba ¨El Justo¨, y el mío. Oraron al Padre, y echaron suertes. Se encerraron entre ellos. Solo se veían manos moviéndose y se oían palabras como: “Cefas, Biblos, orcross…” Hasta que dijeron mi nombre: Matías.

Me convertí en el decimotercer apostol. Ellos echaron la suerte pensando en el suplente de Judas pero ese lugar ya nunca nadie lo ocupó, yo solo me convertí en la profecia cumplida de mi profeta favorito y me convertí por suerte o voluntad de Dios en el 13 como ya se me había dicho desde mi terquedad o desde el principio, pero la suerte al final es de Dios aasí que siempre mi agradecimiento es para Él.

Ese mismo día, en el camino, me lo encontré. Jesús.
Se veía glorioso, como nuestro Señor, pero con la cercanía de siempre. O quizá fue él quien me encontró a mí.

Me echó el brazo encima y dijo, alegremente:

—Ya ves, hermano. Te dije que serías, si no el primero, al menos el último.

Y luego, con esa cara de niño travieso y voz de actor, como si fuera un Padrino:

—El treceavo… ya sabes que soy profeta. ¿Capichi?

Se echó a reír como solo él sabía hacerlo, con esa risa de niño que siempre compartimos.

—¿O a quién crees que me refería cuando dije que los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros? Así te encuentro ahora, como el Apóstol Matías, el treceavo, el de la suerte. Veo que realmente me seguías a mí, no solo a la gente o a mis discípulos.

Yo lo miraba como a mi Señor… y como a ese niño con quien crecí.

—Así es —le dije—. Como nos lo enseñaste, Rabí.

—Esto no es una despedida —añadió.

Su risa se suavizó y su voz se volvió más solemne:

—Ya tengo a mis Apóstoles. Unos harán su obra aquí. Y para los gentiles tengo otro plan. Tengo buenos prisioneros en Cristo que me ayudarán… Pero a ti, te propongo otra cosa.

Me miró con ternura:

—Vive esta vida propia que te ha sido dada. Y cuando la aprecies de verdad —cuando digas “Señor, amigo mío, aprecio mi vida porque me la diste tú y la viví yo”— entonces vendré por ti. Tomaré tu alma conmigo para que se despida de este cuerpo que fuiste, y puedas dejar tus recuerdos aquí. Porque como te dije: un hombre no puede servir a dos amos. Si te aferras a los recuerdos, no podrás gozar la vida eterna.

Guardó silencio. Luego añadió:

—Tu esencia seguirá existiendo. Algún día volverá a caer sobre tu propio nombre. Y si se necesita, se llamará a ese nuevo hombre con tu espíritu. Pero tu nombre solo se dirá una vez en el Evangelio. Solo una. Para que, si es necesario, se te recuerde… o se te llame.

Se rió de nuevo:

—¿Recuerdas a los hijos del Trueno? Ellos pidieron beber de la misma copa que yo. ¡Jajaja! Esos necios han hecho del castigo un gozo. Tienen ya su tarea.

Y entonces me miró con una promesa:

—Tú serás el viajero. Predicarás lo que viste, lo que hizo Jesús, el hombre. Y cuando llegue el momento, serás viajero no solo del suelo, sino también del tiempo.

Hizo una pausa.

—No tomes otro nombre. No te llames cristiano universal ni de otra denominación. Solo di: “Soy cristiano”.

Yo me incliné y le dije:

—Sí, Señor. Yo quiero. Llévame ahora.

Se echó a reír con esa risa suya tan brillante:

—Tonto. Disfruta el regalo que Dios te da: el reconocimiento de estar vivo. Vive. Sé feliz. Porque como también dije… adonde yo voy, ahora ustedes no pueden ir.

Y se fue.

Viví mi vida, viajando y predicando el Evangelio de Jesucristo a las personas. No las llamaba gentiles, ni judíos, ni romanos, ni egipcios… solo personas. A veces amigos. A veces hermanos.

Viví lo que tenía que vivir. Y al final, un día, vino el Señor. Me abrazó y me dijo:

—Ya veo que has sido feliz. Bendito sea Dios. Seguirás siendo mi Treceavo Apóstol. El viajero.

—Ahora vamos con mi Padre, nuestro Padre.

Y añadió:

—Cuando se requiera, tu espíritu será llamado. Buscará una nueva casa entre los hombres. Y entonces, nacerás de nuevo. En su momento, ese hombre nuevo sabrá su nombre y tu nombre verdadero y el secreto de su vida. Será el secreto del secreto. Se reconocerá en sí mismo, siendo un hombre nuevo.

Y me dijo al oído:

—Ese será el tal 999. El Nuevo nuevo nuevo. Desde la tierra dirán tu nombre al revés te dirán a su modo el 666. Pero desde el cielo… los que estamos aquí veremos sobre ti mismo  tu verdadero nombre: el 999.

Me guiñó un ojo:

—Y no olvides contar siempre la historia de la mujer que ungió mi cabeza con perfume. Y si quieres, cuenta también tu payasada de echarme vino encima. Yo no olvido, ¿eh? Algún día me vengaré… jajaja. —con su dedo medio y el índice postró sus dedos sobre sus ojos y después como si disparara hacía mí apunto sus dedos y dijo — Te estaré vigilando hermano— después como siempre rompió su seriedad con una carcajada, yo me sentí feliz, pero no pude evitar recordar el único momento en el que lo escuché serio y autoritario cuando me reprendió por usar mi espada.

Luego se puso serio de nuevo:

—Y recuerda nuestros mandamientos. Primero: amarás a Dios sobre todas las cosas. Luego: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y por último, añade el nuevo pacto: contar los hechos sagrados que viste, y la decisión del Hijo de Dios de ser vía y salvación de los hombres.

—Amén —le dije.

Y nos fuimos, cuando nadie nos vio.
Tanto nos fuimos… que parece que nunca existí.
Pero lo mismo se dice de Él.

Así que, para mí, eso está bien.


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