El Apóstol Número 13 Capítulo III El Discipulo
Capítulo
III —El discípulo
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz cada día, y sígame.”
— Lucas 9:23
Aunque nunca fui contado entre los Doce, pues ese círculo era
hermético conmigo, me sentía orgulloso de considerarme abiertamente su
discípulo. Además, fui asignado a la administración —aunque él nunca lo
pidiera— también me hice su guardián. Los peligros eran muchos, había quienes
querían prenderlo y darle muerte. Recuerdo ver gente extraña espiando durante
el viacrucis del Rabí. Incluso puedo evocar a uno de ellos desde aquella vez
que se perdió, y lo hallamos en el templo enseñando. Nosotros éramos aun unos
niños, pero recuerdo que aquel hombre lo miraba desde la sombra con una mezcla
de admiración y ternura por la enseñanza de Jesús niño. Esa cara iluminada fue
lo primero que vi al entrar. Nunca me olvidé de é, no recuerdo con exactitud su
rostro, pero si recuerdo su expresión de felicidad de una promesa cumplida. Lo
he vuelto a ver recientemente, como un testigo que siempre está con esa misma
expresión viendo a Jesús, observando al Señor y nada más.
Eso me mantuvo en alerta. También noté una mala
administración del dinero. Aquel llamado Judas no era tan honrado como su
Maestro. Le comenté ambas cosas a Jesús. De lo primero me dijo que “debía
pasar”, que era necesario para cumplir su misión. De lo segundo respondió que
ya lo sabía, que aquel “amigo” lo traicionaría. Me quedé serio. Él lo sabía,
pero ya estaba preparado. Le pregunté:
—¿Entonces yo no puedo hacer nada para protegerte?
Se perturbó, cubrió sus ojos con el antebrazo derecho y dijo,
imitando el llanto de un niño:
—No, no… tal vez si hubieras sido el primero de mis
apóstoles… o al menos uno de los Doce… Es una lástima, que solo seas uno más
del montón y no participes de las decisiones importantes de mi ministerio y
misión.
Yo le respondí:
—Tonto, ¿nunca tomas nada en serio? ¡No ves que te van a
hacer daño! ¡Eso va a doler mucho! ¡Son unos salvajes!
Él me calmó con un toque.
—Tranquilo. Todo esto tiene que pasar. Yo siempre espero lo
mejor de los hombres, pero los comprendo cuando toman malas decisiones. Por eso
estoy aquí, este es el camino hacia su redención ante Dios.
—Nunca te entenderé —le dije—. Si no te conociera desde niños
y no hubiera visto los milagros que haces y las palabras que dices, no podría
creer quién eres.
Nos abrazamos. Nos despedimos.
La entrada a Jerusalén fue escandalosa. Consiguieron ese
burrillo —que más que símbolo de realeza parecía una broma—, y aun así fue
recibido con palmas, telas en el camino y alegría. Al ver tanta gente
celebrándole, se me fue el miedo. Pensé que, si tantos lo amaban, ¿cómo podrían
unos pocos hacerle daño?
Durante la cena, compartió el pan y el vino, dijo muchas
cosas, pero lo que más me alarmó fue que afirmó que uno de ellos lo
traicionaría. Cada uno preguntaba: “¿Seré yo, Señor?” Como si ignoraran sus
propios corazones. Me pregunté: ¿acaso todos han pensado en traicionarle?
Yo, desde mi puesto de guardián en la puerta, solo escuchaba.
Para aliviar la tensión, grité dramáticamente:
—¿Seré yo, Señor, ¿tu siervo, quien te traicione?
Todos voltearon hacia mí como encontrando al traidor
prometido, uno fuera de los 12, del circulo cercano al Señor, pero el Maestro
se rio con mucha fuerza y estalló en risa:
—¡Jajaja! ¡Bufón! ¡Claro que serás tú! ¿Quién más podría?
Reímos juntos. La tensión se disolvió. Pero al final, Jesús
me miró serio. Se me acercó y dijo:
—Vaya... parece que fue buena decisión mantenerte fuera de
los Doce. Tú ya tienes el don de aliviar las almas.
—Claro, Maestro. Tú me has enseñado bien, Rabí. Pero
recuerda, yo —como tú— nos tomamos esto en serio.
Asintió, ya con semblante más humano.
Esa noche fuimos al monte donde solía orar. Noté que uno de
ellos se alejaba. Pregunté quién era. Me dijeron que era Judas, probablemente
cumpliendo alguna encomienda. Lo seguí con la vista, pero no quise dejar al
Maestro solo preferí quedarme con él, y tener fe en que todo pasaría con bien. Además,
Tomás uno de los 12 con quien había congeniado, me dijo que el tomaría medidas
precautorias para buscar caminos y lugares donde resguardarnos si alguna
calamidad amenaza como lo había anunciado el señor, Tomás fue el único que no
hizo caso de esperar y actuó siempre con la razón ante la fe.
La tercera vez que bajó del monte, había un resplandor
intenso. Poco después, apareció Judas. Lo besó en la mejilla, como siempre
hacía, pensé que todo era normal, siempre le besaba porque decía que lo
quería mucho, que lo amaba, y por eso verlo hacer eso era algo común, hasta
que la multitud que lo acompañaba comenzó a alborotarse, a amenazar y quisieron
prender al Maestro.
Era a traición anunciada y descarada.
Lleno de furia, empuñé la espada, quería yo matar a Judas,
pero antes vi a un soldado acercarse al Señor y ante la que creí una amenaza quise
cortarle la cabeza a ese soldado, pero solo le tajé una oreja. Entonces escuché
su voz firme y furiosa por primera vez en mi vida, era la voz de Jesús, era la
voz de un Señor que ordenaba:
—¡Guarda la espada! —Y que luego aconsejaba — ¡El que a
hierro mata, a hierro muere!
Gracias a Dios fui torpe, y no decapité al hombre. Jesús sanó
la oreja del soldado. No me imagino que clase de portento habría hecho
si en lugar de la oreja, hubiera tenido que pegar una cabeza a un cuerpo, pero
sobre todo me impresionó que él protegía incluso a quien parecía su enemigo.
Ahí entendí lo que tantas veces quiso enseñarme.
Entonces también fui arrestado. Recibí golpes. Y aunque mi
cuerpo estaba quieto, mi alma ardía de odio. Solo pensaba en devolver el daño…
hasta que vi al Maestro recibiendo golpes también. Busqué su mirada. Él ya me
estaba mirando. No parecía dolido por los golpes, sino preocupado por el mismo
hombre cuya oreja había sanado.
—Señor —dijo el soldado—, ellos me golpean como te golpean a
ti.
—Gracias por defenderme —le respondió Jesús.
—. ¿Te han degradado? ¿Ahora eres un simple soldado? Pero tu
siervo está bien, ¿cierto?
—Sí, Señor —respondió él con una sonrisa—. Está bien. Y si he
sido puesto aquí, fue para ayudarte , un Ángel de Dios en un sueño me lo ha
dicho.
Entonces lo reconocí. Era el centurión que había pedido al
Señor, con fe, la sanación de su siervo. Si mi golpe hubiera sido certero,
habría matado a un amigo.
Jesús me miró de nuevo, como siempre, esperando que yo
comprendiera. Me dijo:
—Comprende el porqué de las cosas. Guarda los mandamientos de
Dios.

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