El Apóstol Número 13 Capitulo IV El Hijo

 


Capítulo IV—El Hijo

“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.”
— Juan 19:26–27

 

Entonces me alegré de estar ahí con él no con mi amigo, ni como mi Señor o Maestro, sino como mi hermano. Estaba donde Él me necesitaba, y donde yo lo necesitaba a Él.

Recordé aquella vez en que la madre de Santiago y Juan —los llamados Hijos del Trueno, o Boanerges, hijos de Zebedeo y Salomé— le pidió al Señor que sus dos hijos se sentaran, uno a su derecha y otro a su izquierda, en su Reino. Él les respondió:

—¿Pueden beber del cáliz que yo he de beber?

Ellos dijeron que sí, aceptando. Y Él les dijo:

—A la verdad, de mi cáliz beberéis. Pero el sentarse a mi derecha y a mi izquierda no es mío darlo, sino del Padre.

No supe entonces si eso era una dádiva o un castigo. Pero con los años comprendí que era una profecía.

Aun así, aquí en la Tierra, dispersos como ovejas, estamos a la diestra y a la siniestra del Señor siempre. Cualquiera puede testificar del Hijo de Dios. Y todo aquel que admira su ejemplo y cree en Él, da fe de su divinidad. Con el Señor como modelo y sustento.

Cuando nos apresaron, el soldado y yo fuimos llevados a prisión. Pero antes, vi algo que no olvidaré jamás: solo dos de sus doce discípulos quedaron peleando junto a Él. Eran Santiago y Juan.

Santiago, fuerte y poderoso, tenía la esperanza de que el Señor fuera un libertador revolucionario, que salvara al pueblo del poder romano. Aunque sin espada, golpeaba con tal fuerza que derribó a tres soldados de un solo puñetazo. Hicieron falta siete hombres para detenerlo.

Lo que más me sorprendió fue Juan. Menudo, tranquilo, pero con una precisión de gladiador. No derribaba con fuerza, sino con técnica, velocidad y decisión. Tampoco usó espada. Pero sólo pudieron detenerlo cuando, con una espada, amenazaron con matar a Santiago, ya capturado. Solo así Juan se rindió.

Pero aún dudando, amenazaron con matar ahí mismo a Jesús, a mí, y al soldado al que yo había herido. Entonces Juan se entregó. Y fue golpeado brutalmente.

Oí entonces una voz de mando que gritaba:

—¡Malditos malhechores! Solo veníamos por ese tal Jesús, el blasfemo… pero por su osadía, a ustedes dos también los crucificaremos.

Yo quise pelear de nuevo. Comencé a forcejear. Pero entonces, en mi mente, oí la voz de Jesús:

—Ya vamos a ser tres crucificados. No hacen falta más. Hermano mío, mejor cálmate… y cuida de ese hombre que querías matar. Porque no sabías que era tu prójimo. Ahora lo sabes. Ama a tu enemigo, ama a tu hermano. No quiero verte sufrir por nada. Guarda la calma… y verás que las profecías se cumplen. No por capricho, sino por una misión mayor.

Mientras al Maestro lo llevaban ante los sacerdotes y luego ante Pilato, Juan y Santiago ya estaban condenados a muerte. Con el tiempo supe lo que ocurrió: cómo lo acusaron, y cómo Pilato se lavó las manos, símbolo de una justicia que se desentiende. Igual que la venda en los ojos de la mujer que sostiene la balanza inclinada.

Había uno más, aún más joven que todos. Era Marcos ese mismo que más tarde escribiría con esmero y reverencia el testimonio de Pedro, pero que esa noche aún no sabía que sería evangelista. Solo era un muchacho envuelto apenas con una sábana, curioso, escondido, sin miedo, como solo un niño puede no temer cuando su alma aún está limpia. Se quedó a observarlo todo, sin apartar los ojos, hasta que, cuando el peligro se volvió real y la muerte inminente, salió huyendo, dejando atrás la tela que lo cubría. Desnudo de cuerpo, pero no de espíritu. Y aunque huyó, como todos, su memoria quedó grabada por siempre en los pliegues del Evangelio.

Pedro, en cambio, era el más humano de todos. Lo he dicho muchas veces: su grandeza no está en su perfección, sino en su sinceridad. Amaba con fuerza, creía sin límites, pero el miedo lo quebraba. Esa noche lo siguió, como yo, como algunos otros. Yo me mantuve en la sombra de las rejas de la prisión, pero él se quedó al fuego de una amarga profecía, negó, sí, tres veces, como se había anunciado. Pero su alma no fue derrotada. Su llanto fue sincero. Su miedo, auténtico. Su fidelidad, reconstruida con dolor. Pedro no fue el más fuerte, pero fue el más real. Y quizás por eso fue elegido para ser la piedra.

Pilato intentó liberar a Jesús, ofreciendo soltar a un prisionero, como era costumbre. Eligieron entre un criminal… y el Señor. El pueblo eligió al criminal. Al saberlo, pensé en todos los que lo habían recibido con palmas y cantos. Creí que lo defenderían. Y sí, muchos lo hicieron, pero fueron menos que los que clamaban por su muerte.

Esa noche no dormí. Pedí a Dios que me ayudara. Al amanecer, escuché pasos acercándose. Se abría la reja. Entonces vi a un viejo amigo: José de Arimatea. Había pagado mi fianza… y la del soldado. Pero como no podían liberarlo legalmente, ofreció más soborno. Eso querían los guardias. Así nos dejaron ir a los dos.

—Gracias, José —le dije—. Viejo amigo… ¿qué ha pasado?

Él me miró con tristeza:

—Van a crucificar al Maestro… y junto a Él, a Juan y Santiago. Pero calma. Él mismo me dijo que es voluntad del Padre. Es el único camino hacia el nuevo pacto. Y al tercer día… resucitará.

Sus palabras me atravesaron. Pensé en la oreja que yo había cortado. En mi furia. Pensé en su ejemplo… y su entrega.

—José, tenemos que estar ahí.

—Lo sé. Y ahí estaremos. Todos sus seguidores, su familia, sus discípulos, su rebaño.

Esperamos la hora. Esa noche tampoco dormí. Desde el Getsemaní hasta el Gólgota, el rostro del Señor irradiaba una solemnidad extraña. Más allá del dolor, más allá de la carne. Caminé a su lado. Quería estar lo más cerca posible. Los soldados obligaron a un joven llamado Simón a ayudarle a cargar la cruz. Envidié a Simón. Él no se amargó… se conmovió. Le ayudó con fuerza. Y el Señor también se conmovió, en su corazón por encontrase en el camino con hombres y mujeres de buena voluntad sin ninguna obligación más que profesar el amor por el amor mismo. Vi una lágrima limpiando su rostro, luego un llanto que le sanaba de cierta forma las heridas, uno de felicidad dentro del sufrimiento Jesús así demostraba , siempre creer en la humanidad a pesar de todo.

Lo crucificaron junto a otros dos hombres: Juan y Santiago. No hubo juicio. Solo condena. Todos nos acercamos. Su madre estaba delante. Los soldados nos mantenían a raya. Entonces, el Señor nos habló. No con voz humana, sino con una voz que sentimos dentro del alma:

—Mujer le dijo a su madre, he ahí a tu hijo…se oyó
y a sus discípulos, a cada uno de nosotros nos decía, el discupulo amado nos dijo, hermano he ahí a vuestra madre.
Cuidad de ella, porque ahora no solo es viuda… es también testigo de la muerte de su propio hijo.

Desde entonces, María fue también nuestra madre. Y nosotros, sus hijos. Todos cuidamos de ella, y ella de nosotros.

En medio del delirio del dolor, los dos hombres crucificados a su lado hablaron. Recordé lo que su madre pidió al Señor. Santiago, fiel pero rebelde, gritaba furioso:

—¡Si eres el Hijo de Dios, sálvate y sálvanos! ¡O resucítame tú mismo, y yo acabaré con todos estos que no te reconocen!

Juan lo reprendió:

—¿Ni siquiera temes a Dios, tú, que estás en la misma cruz? Nosotros lo merecemos. Pero Él… Él no ha hecho nada malo.

Y al Señor le dijo:

—Acuérdate de mí, de mi hermano… y de nosotros… cuando vengas en tu Reino.

Entonces el Señor, reconociendo su fe y su compasión, les respondió:

—De cierto os digo: hoy estarán conmigo en el Paraíso.

Se lo dijo a él, al otro… y también a nosotros. Porque Dios no hace acepción de personas.

Y en ese momento, fue cuando los hijos del Trueno compartieron el cáliz con el Señor y murieron a su lado, a su derecha y a su izquierda.


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