El Apóstol Número 13 Capitulo II El Testigo
Capítulo
II – El Testigo
“Y vosotros también daréis testimonio, porque habéis estado
conmigo desde el principio.” — Juan 15:27
Siempre lo supe. Se decían muchas cosas de él, pero es muy
diferente cuando lo ves con tus propios ojos. Él realmente me maravilló desde
aquel día en que le dije: “Anda y ve”. Y fue. Y lo siguieron. Yo, más por
curiosidad, lo acompañé. Al final, él encontró una manera para que yo pudiera
seguirle sin ser contado entre los discípulos. Me encargó la administración de
los recursos, aunque no el manejo directo de las monedas; eso era tarea de un
tal Judas.
Me tranquilizaba que no se lo hubieran dado a aquel cobrador
de impuestos, famoso por su corrupción. Pero este hombre, Jesús, realmente
había venido por los pecadores, no por los justos. Eso decía él.
Yo me mantuve cerca también para protegerlo. Había demasiados
que se turbaban con sus palabras: líderes poderosos y religiosos. Y eso era
peligroso. Yo llevaba una espada. Él me dijo que no lo hiciera. “No es
necesario matar a espada”, me decía. Yo respondía que era solo por precaución.
Él movía la cabeza, como si pudiera oír mis pensamientos, aunque estuviera
lejos.
Lo admiraba. Y en secreto, además de llamarlo amigo y
hermano, también le decía "Señor". Me avergonzaba que pareciera saber
lo que pensaba, porque a veces me miraba como aguantando la risa, como si
leyera mi corazón. Luego, como si me conociera demasiado bien, me dejaba en paz
y se ocupaba de los demás.
Comprendí que realmente era el Hijo de Dios, el Cristo. Una
vez oí a sus propios discípulos discutir quién era él. Unos decían que era
profeta, otros que era Elías, o Moisés. Yo, molesto, grité:
—¡¿Que no ven que él es el Cristo el Mesías?!
Me miraron altaneramente. Me ignoraron. Al voltearme, escuché
a Pedro murmurar algo desde lejos ” este que va a saber de las cosas
importantes como se atreve a llamarle Cristo o Mesías esos ya son asuntos
mayores” , yo volteé para verle y de nuevo sucedió en ese momento ese hombre
calló, mirando hacia mí de forma extraña, como preguntándose si yo lo había
escuchado.
Me giré y lo vi sorprendido, como si pensara que yo no podía haberlo oído. Pero
lo hice. Y me alejé.
Días después, Jesús les preguntó a sus discípulos: “¿Quién
dice la gente que soy yo? ¿Y quién decís vosotros que soy?”
Pedro respondió fuerte: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente.”
Era la voz de Pedro yo estaba a punto de soltar una
carcajada en lugar de estar furioso por robarme la idea, pero Jesús parece que
adivinando como siempre mis pensamientos me miró para que me contuviera, y no
dijera nada, yo solo me reí en silencio, pero con una gran sonrisa.
Jesús lo alabó por ello. Y dijo, sobre esta roca edificaré mi
Iglesia. Muchos pensaron que hablaba de Pedro. Yo sabía que se refería a la
actitud sincera de fe, no a un hombre en sí.
Más tarde, Pedro se acercó a mí, cabizbajo:
—Señor, usted que es el amigo del Maestro... yo una vez le
ofendí, porque usted dijo que él era el Cristo. Pero fue usted quien sembró esa
idea primero y esa verdad después en mí mente, en mi alma, y en mi corazón.
Hoy, no pude evitar declararlo.
Me conmovió su sinceridad. Empecé a verlo diferente.
Comprendí que la roca no era Pedro: sino la fe genuina es decir esa certeza en
el que la mente afirma o niega algo sin temor a errar, esa convicción que
nuestro corazón presiente, esa convicción que nuestra alma cree alcanzar siempre.
Sin embargo, me molestó que Jesús se haya enterado de
que yo ande diciendo esas cosas por ahí, seguro se le suben los humos a la
cabeza.
Y lo Y lo dicho hecho, cuando nos encontramos
Jesús y yo su caminar era ornamental y sus cejas se movieron de arriba abajo, y
me dijo,
con su típica picardía:
—¡Ey, tú, siervo! ¡Sírveme un vino!
Y extendió su brazo y mano como un rey consentido en señal de
espera. Me reí. Le llevé entonces una copa de vino. Él lo olió, frunció el ceño
y dijo:
—No siervo malo, este vino es de mala calidad. Ve al pozo y
haz lo mismo que yo, convierte el agua común en el mejor vino de este mundo. Yo,
tú señor y mesías te doy el poder.
Yo de inmediato con mucha risa le obedecí, fui al pozo, saque
agua con un balde, lo llevé hasta él, y dije.
—Sí Rabí, con que usted quiere eso he, me parece que
mejor ya que fue bautizado por agua y espíritu yo le doy el bautismo de la vid—Y se lo
vacié en la cabeza. Todos se rieron, él también, más que nunca. Fue una risa
que nos enseñó más del Reino que mil parábolas.
Sobre todo yo, que me preguntaba a veces sobre la fe
verdadera, me sorprendí, porque del pozo saque agua, y lo que le vacié a mi
amigo, fue un valde de vino, un vino exquisito cuyo aroma me embriago de
felicidad sin necesidad de probarlo. Tal vez creo que ese fue mi primer milagro
también.
Y así, entre bromas, gestos y silencios, seguí siendo su
compañero y testigo.

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