El Apósto Número 13 Capítulo VI El Resucitado


 



Capítulo VI – El Resucitado

 “Fueron al sepulcro llevando las especias. Y hallaron removida la piedra del sepulcro (…) Estando ellas perplejas, se presentaron dos varones con vestiduras resplandecientes.
—¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” —Lucas 24:1–10

José de Arimatea, acompañado de Nicodemo, pidió el cuerpo del Señor a Pilato, y este —atemorizado por los signos celestes— accedió.
Nosotros lo bajamos, y también a Juan y Santiago. A ellos los sepultaron sus familias. Al Señor, en un sepulcro nuevo.

Yo, al verlo así, lloré. Me hinqué y recé como Él nos enseñó:

Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino,
hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
Danos hoy el pan nuestro de cada día.
Perdona nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Las mujeres limpiaron su cuerpo con las esencias que trajo Nicodemo. Los hombres nos encargamos de lo pesado. Nos acompañamos en el luto. Incluso los romanos nos daban mayor libertad. Recordamos al centurión que, al ver su muerte y el mismo que le clavo una lanza en el costado para verificar que estuviera muerto, dijo:

—Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios.
Y trazó una cruz en el aire como teniendo miedo del castigo divino y clamando perdón.

Desde entonces, vi que ese gesto se repetía entre los soldados y la gente cuando tenían temor de Dios, era algo nuevo así que medité sobre ello en mi corazón y lo guarde para su reflexión más tarde.

El día pasó rápido. Al siguiente, los rumores crecían. El temor a Dios se disipó en apenas un día y medio. Entonces pusieron guardias en la tumba. Temían que los discípulos robaran el cuerpo, recordando que el Señor había dicho que resucitaría al tercer día.

Así comenzó una nueva persecución.
Sin embargo, yo recordaba la promesa de la resurrección para todos. Y recordé que, para Dios, no hay acepción de personas. Pensé en Juan y Santiago. Según mis cálculos, ellos también habrían de resucitar. Las autoridades los olvidaron… pero yo no. Siempre los tuve en mente.

Pero nosotros aguardamos en silencio…
Y llegó el tercer día.

Esa noche, mientras las mujeres lloraban en su interior y la cruz se erguía, una señal fue reservada para ellas. Dos ángeles les aparecieron junto al sepulcro vacío. Nadie entendía aún, pero yo lo supe luego. Aquellos ángeles, en visión, eran Santiago y Juan ya resucitados en espíritu, ya redimidos, los hijos del trueno. Murieron crucificados, sí, pero también fueron los primeros en resucitar. Fueron ellos quienes anunciaron a las mujeres que el Maestro ya no estaba allí. El cielo los había vestido de gloria, porque fueron los primeros en comprender el misterio del Reino, el misterio del amigo, el misterio del amor que no muere aunque el cuerpo lo haga.

Las mujeres fueron las primeras en saberlo: la piedra había sido removida, y dos ángeles les anunciaron que Jesús había resucitado.
Incluso Pedro y Marcos los vieron. Cuando me los encontré de nuevo, me dijeron:

—Eran Juan y Santiago. Primero eran como ángeles nosotros los vimos… después se volvieron varones, comunes como nosotros. Nos dijeron que Jesús había resucitado, y ellos también. Pero advirtieron que solo los verdaderos discípulos los reconocerían de ahora en adelante.

Yo me alegré por mi Señor y hermano. Y aunque yo no lo había visto mi corazón palpitaba con fuerza: quería encontrarlo. Otros discípulos ya lo habían visto.

Sin embargo, Tomás, también llamado Dídimo —el Gemelo— no estaba con los otros la primera vez que el Señor se apareció. No fue por falta de fe, sino porque su búsqueda era distinta.

Nos hicimos amigos el día en que Jesús transformó el agua en vino. Más que por devoción, fue por la borrachera. Desde entonces, entablamos una amistad silenciosa: éramos parecidos. Su forma de ser era racional, metódica, callada. Yo lo estimaba, aunque nunca habíamos tenido una conversación profunda. Lo consideraba mi amigo porque se parecía mucho a mí.

A Tomás muchos le decían necio o ateo. Yo sabía que aquello lo hería. Porque él sí creía. Más que todos. Lo llamaban incrédulo por no aceptar palabras al vuelo, pero su fe no era ciega: era reflexiva. Buscaba creer no solo con el corazón, sino con la mente, para poder sostener esa fe frente a cualquier duda, frente a cualquiera que la cuestionara. Mientras otros lloraban o se escondían, él caminaba, observaba, investigaba… como un sabio antiguo que necesita entender antes de proclamar.

Cuando advertí al Maestro sobre el peligro, y luego Pedro intentó prevenirlo, Tomás no dijo nada. Actuó. Tomó uno de los caballos más fuertes y rápidos, y se lanzó por rutas alternas para buscar salidas o refugios. Me explicó que intentaría encontrar una vía de escape para evitar que apresaran al Maestro. Por eso no estuvo con nosotros aquella noche.

Dicen que dudó de la rapidez con que apresaron a Jesús, a Juan y a Santiago, que maldijo al Iscariote. Luego dicen que pidió pruebas de la muerte y resurrección de los 3. Pero yo, que fui su amigo, sé que Tomás no dudó: simplemente no quería traicionar a su razón ni a su corazón. Había creído con todo su ser en el Maestro, y al oír hablar de su resurrección, sintió una herida profunda al no haber estado ahí. Quería creer… pero necesitaba verlo con sus propios ojos. No por incredulidad, sino por la necesidad de amar con certeza.

Antes de volver con nosotros, Tomás fue a los sepulcros de Juan y Santiago primero y luego al del Señor. Quiso comprobar si sus cuerpos seguían allí. No encontró nada. El aire estaba quieto, pero impregnado de algo sagrado. Luego caminó por el camino donde algunos afirmaban haber visto a dos hombres vestidos de blanco. Y entonces los vio: no como ángeles, sino como hermanos. Juan y Santiago lo miraron con ternura y hablaron al unísono:

—A ti no se te niega la Verdad. Tú también estás llamado a comprenderla. Pero no solo con los ojos, sino con el corazón. Sabemos que tu ausencia y tu duda se deben a que siempre buscaste una vía razonable para salvar a nuestro Señor Jesucristo. Pero ni la razón convenció a Jesús, ni a quienes lo querían matar. Por eso fuiste tú mismo en búsqueda de una solución. Aunque algunos te llamen Satanás, nosotros sabemos que eres un hombre que nunca comprendió la necedad de Dios… ni la de los hombres. Por eso estamos aquí, como almas vivientes, como tus hermanos en Cristo, para ayudarte en tu propio camino.

Tomás cayó de rodillas en aquel camino. No necesitó más. Volvió con nosotros aquel mismo día. Su rostro había cambiado. Cuando lo vimos, le preguntaron: “¿Ahora crees?” Y él, con serenidad, respondió:

—Siempre creí. Solo necesitaba reconocer con certeza que no era un espejismo de mi amor… sino una realidad viva.

Yo, al ver así a Tomás, sentí la necesidad de alejarme un momento. No porque dudara, sino porque el Señor aún no se me había aparecido a mí. Eso me llenó de preguntas. De silencios.

Entonces dicen que el Señor se apareció de nuevo. Esta vez, fue directo a Tomás. No le ofreció las llagas. Le ofreció los brazos, le ofreció el pan que necesitaba Tomás en ese día, le ofreció un abrazo.

—Ven aquí, Dídimo. Gemelo de todos los que creen y dudan. No te doy mis heridas para que las verifiques. Te doy mis brazos, para que sepas que nunca dejé de amarte.

Tomás se lanzó hacia él. Lo abrazó. Lloró como un niño que vuelve a casa. Dijo:

—¡Señor mío… y Dios mío! Yo siempre he creído en ti. Solo que mis ojos —por ser pecadores— exigen ver no solo el mundo de adentro, sino también el de afuera, para que ambos existan como certeza en mi ser.

Y Jesús le respondió:

—Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Pero también tú eres bienaventurado, porque no buscaste una señal… sino la verdad. Yo también siempre creí en ti, mi Dídimo Tomás.

Desde ese día, Tomás fue distinto. No hablaba mucho. Cuando lo hacía, cada palabra pesaba. Era como un alquimista del alma, un sabio que mezclaba fe y razón, cielo y tierra.

Y aunque el mundo lo recuerda como “el incrédulo”, yo lo recuerdo como el científico del corazón. El que pensó… y luego creyó. El que necesitó tocar… pero terminó abrazando.

El Gemelo. No solo de Jesús… sino de todos nosotros.

Desde aquel momento, Juan y Santiago comenzaron a manifestarse no solo como apariciones espirituales, sino como hombres con cuerpos glorificados. La gente los confundía con ángeles, pero algunos —los que tenían fe verdadera— los reconocían como los que murieron con el Señor y resucitaron con Él. Cumplieron su palabra. Bebieron del mismo cáliz. Y ahora acompañaban a Jesús en cuerpo y espíritu, desempeñando nuevas misiones más allá de lo visible.

Y descendió el Espíritu Santo, el Consolador sobre nosotros.
Fue como despertar de un sueño lúcido. Entendimos que nosotros mismos éramos sepulcros abiertos… y al despertar cada día, después de la obscuridad, del luto del Padre y la Madre, resucitábamos. Nacíamos de nuevo cada día.
Y comprendimos —aunque solo un poco un poquito más— a Dios.

Nuestro cuerpo era nuestro hogar ahora era un templo. Nosotros, su iglesia.

Por eso, quise orar. Como nos enseñó el Rabí. Pero esta vez, en mi lengua materna:

PATER NOSTER (Latín)

Pater noster, qui es in cælis,
sanctificetur nomen tuum.
Adveniat regnum tuum.
Fiat voluntas tua, sicut in cælo et in terra.
Panem nostrum quotidianum da nobis hodie.
Et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris.
Et ne nos inducas in tentationem,
sed libera nos a malo. Amen.

Al evocar cada palabra en mi pensamiento, recordaba aquel momento en que nos enseñó la Oración Maestra. Hablaba en voz alta, pero cálida, para que todos entendieran. Su voz sonaba como la de un hijo implorando a su muy amado Padre.

ABUN D’BASHMAYA (Padre Nuestro en Arameo)

Abun d'bashmaya, (Padre, tú que estás en los cielos)
nitkadash shmak. (Santificado tu nombre es)
Tite malkutaj. (Venga a nosotros tu Reino)
Nehwe sebyanaj aykana d'bashmaya af b'ar'a. (Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo)
Haw lan lakhma d'sunqanan yaomana. (Danos el pan nuestro de cada día)
Washboq lan hawbayn aykana d'af hnan shbaqan l'hayabayn. (Perdónanos como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden)
Wela talan l'nesyuna (No nos dejes caer en la tentación)
ela patzan min bisha. (Mas líbranos del malo)
Amén.

Y mientras oraba, recordaba a aquel soldado que había reconocido a Jesús el Cristo como verdadero Hijo de Dios… y a los demás. Algunos eran soldados, otros no. Pero todos tenían algo más que miedo: tenían temor de Dios.
Con el tiempo, el Espíritu me enseñó cómo debía enseñarse uno a persignarse, no por miedo ni por respeto, sino por ser testigos de algo que presentimos como sagrado.

Así lo entendí y así lo enseñé:

Tomamos la mano derecha, juntando índice, medio y pulgar: símbolo de la Trinidad.
Tocamos nuestra frente y decimos: “En el nombre del Padre” (primer punto cardinal: que simboliza el cielo).
Luego llevamos la mano a la altura del diafragma entre el pecho y el vientre: y decimos“del Hijo” (segundo punto cardinal: donde la respiración y se hace consciente, donde habita nuestra humanidad). Donde señalamos al primero al Hijo de Dios Jesucristo, y a Jesús como nosotros somos el Hijo del Hombre.
Después vamos al lado derecho y decimos: “y del Espíritu” mientras respiramos (tercer punto cardinal: el corazón del corazón, invisible, intangible).
Y finalmente vamos al lado izquierdo haciendo un Arco a la altura de nuestros Labios: y finalizamos “…Santo” (cuarto punto cardinal: donde sentimos la vida latir, donde la sangre fluye).
Al final hacemos otro Arco, cerrando el Ichthys, quinto punto cardinal, que va a nuestros labios de nuevo y decimos:

Así el Ichthys o el ΙΧΘΥΣ , esos Arcos Nacen en Honor al Pescador de Hombres, a Jesús el Hijo del Hombre, Jesus Cristo, Hijo de Dios, Salvador, que solo vino a enseñar a amar por amar sin pedir nada a cambio.

Amén.

Con nuestros labios, aunque no se muevan. Con nuestra fe. Amén de amar.
Amen, amen y amen y no dejen de amar… como nos enseñó el Hijo.

Como si tejiéramos un dril invisible, un abrigo espiritual que protege cuerpo y alma.
Y para sellar el gesto, formamos un pequeño puño con el pulgar entre los dedos: un corazón recogido. Lo llevamos a los labios y decimos:

“Con un incandescente amor en nuestro centro del ser.”

Amén.
No como un final.
Sino como un acto de amor.

Aquella señal se convirtió en nuestro código secreto para identificarnos entre nosotros, nadie sabe quien lo uso por primera vez, pero yo sé cuando nació y en que momento, también que lo sé, yo no lo inventé, sino que el Espíritu Santo me lo enseño para yo enseñarlo.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Apostol Numero 13

Patrón Arquetipico de 4 figuras clave de La Madre

Dios y el Hombre