El Apósto Número 13 Capítulo V El Hermano







Capítulo V —El Hermano

“Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano…”
— Mateo 12:50

Luego cuando el Maestro expiró, algo de nosotros los vivos murió con Él. Juan y Santiago entonces hacían muerto.

 Vi a Pedro entonces, ahí, con el rostro muy demacrado, y al joven Juan Marcos junto a él, como consolándolo. Me pareció extraño ver a Marcos cubierto solo con una túnica.
Pero estaban a mi lado; yo ni siquiera los había notado, pero algo en mi corazón me condujo a abrazarlos. Con algo de miedo lo hice, porque no estaba acostumbrado a tener esa intimidad con los Doce. Sin embargo, parecía que ellos ya me esperaban.
Pedro y el joven Juan Marcos recibieron mi abrazo. Pedro lloró amargamente bajo mi brazo; el joven Marcos contuvo las lágrimas, pero se notaba que le preocupaba profundamente su padre espiritual, es decir, Pedro.

—Le fallé al Señor —dijo Pedro—. Huí del Getsemaní porque tuve miedo. Pero rondé la prisión y la plaza donde estaban ustedes y el Señor. Al ser reconocido, el miedo me invadió… el miedo y el olvido. Solo cuando oí cantar al gallo por tercera vez, vino a mi memoria la advertencia del Señor. Mi traición… y eso me ha hecho sufrir amargamente hasta ahora.
Pero ya he recuperado el valor. Si pudiera regresar el tiempo, yo mismo lo defendería como lo hicieron Juan y Santiago. Yo mismo pondría ahí una cuarta cruz para crucificarme.

Al oír eso, ese hombre me conmovió demasiado. Había demostrado más valor que cualquiera de nosotros. Había demostrado ser una mejor arma que mi espada, y una lealtad más valiente que la del más bravo de los guerreros: la lealtad de un verdadero hombre, con sueños, temores y —sobre todo— el valor de arrepentirse y reconocer sus errores, afrontarlos y vivir para redimirlos.
Por eso entendí cuando Jesús dijo que él sería la roca sobre la cual edificaría su Iglesia. Entonces el temor se fue, la duda también, y los abracé más fuerte.

Entonces el joven Juan Marcos habló también:

—No digas eso, padre. Yo estuve ahí también, con temor, y solo una sábana me cubría. Era una tela blanca. Me escondí solo para ver lo que pasaba. Estaba aseándome cuando todo ocurrió, por eso tomé solo esa tela y corrí a ver si estabas en peligro. Es cierto que pocos se quedaron, pero tú fuiste el único que regresó sobre tus pasos.
Te vi entrar temblando al patio de la guardia, y te vi cuando tuviste miedo de ser reconocido. Tú no traicionaste al Señor… solo fuiste humano. Un humano con mucho valor. Como tantas veces te lo dijo el Maestro.
Te vi llorar amargamente, no por ser reconocido, sino porque tú mismo te reconociste: como hombre, cualquiera. Quise ir a tus brazos para consolarte, pero al hacerlo casi me descubren, y huí.
Hice lo que mi padre hizo. Ahora te encuentro, y aunque el Señor, Juan y Santiago están muertos, me alegra tenerte a mi lado. No digas de mí que soy cobarde. Di que soy valiente, como mi padre.

Al oír a ese joven supe que ya era un sabio, incluso siendo apenas un niño quizá el discípulo más joven de Jesús. Me admiró y me conmovió. Lo entendí. Pero solo Pedro lo comprendió del todo, porque al comprenderlo, se comprendió a sí mismo y dijo:

—No, hijo. No eres cobarde. Eres valiente. Estoy orgulloso de ti. Gracias por acompañarme.

—Padre, el Señor me ha instruido en el amor. Por eso estamos aquí.

Yo los abracé ahora con toda sinceridad. Jesús y sus obras portentosas me admiraron aún mucho más. Y di gracias a Dios Padre por haberlo conocido, por haber coincidido en su tiempo.

La tierra tembló entonces, pero dentro de nosotros hubo calma.
El cielo se oscureció tres horas. Y el Padre guardó luto. Nosotros hicimos lo mismo. Nos arrullaba el Espíritu Santo.
Lo que para otros fue terror, para nosotros fue paz. Comprendimos el propósito de Cristo:
las promesas de Dios no son palabras… son hechos.

Ese día tampoco dormí. Algunos, agotados, sí lograron descansar. Otros velamos en compañía de nuestra nueva Madre.
El tiempo parecía detenido. El ruido humano cesó. Solo el silencio de la creación nos rodeaba.

Yo lo observé todo. No desde lejos, sino desde el alma. El fuego, el canto del gallo, las lágrimas de Pedro, los pasos apresurados de Marcos, la voz de las mujeres, los ecos del trueno que ya no venía del cielo, sino del corazón herido por una cruz.

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