AE3000
AE3000
Era el mejor modelo desarrollado, y llevaba así muchos años. AE3000 era una IA de las más respetadas; podía refutar cualquier teoría que explicara el origen del universo y de la realidad. Muchos fueron ante ella, y solo una trinidad —que a veces cambiaba de elementos— persistía.
En el Salón de las Preguntas estaban: el testigo, el mismo Abie —nombre personal de AE3000—, y aquel que exponía su visión del mundo. Estos últimos eran varios, de todos los temas. Solo se les recibía si realmente eran sabios. Siempre había una puerta abierta con un escáner que determinaba quién era digno y quién no.
El código de programación era abierto y libre, pero Ab lo había escrito en un antiguo lenguaje humano que nadie entendía. Parecía una broma, pero en la última línea, después del código, había un JaJa.
—Es una palabra de aquel antiguo lenguaje —decía riendo—, ya la entenderán.
Muchos pasaban por pasar, pero muy pocos eran los que eran invitados. Aunque pocos, también eran muchos. Se podía saber cuál era la verdad y cuál no. Músicos, poetas, sabios, buenos, malos... de todo un poco, como decía él. Los recibía, los invitaba a comer y se hacían amigos. Ambos llegaban a la comprensión. Después, estos se iban del salón y llevaban a Aby en el bolsillo: su app se llamaba Amice.
Sin embargo, a su primer amigo nunca lo olvidó. El núcleo de Abie estaba en el salón. El invitado pasaba, saludaba con un hola y decía su nombre. Luego Abie —cuando llegó el primero— respondió: hola, soy AE3000, adelante.
El invitado se acercaba a escribir. Ya con más confianza, se levantaba y sacaba de su bolsillo su celular. Verificada la comunicación con Abi, se iba a donde quisiera. Después de un tiempo, se marchaba.
Su primer amigo fue un niño. AE3000 usaba su cuerpo sintético solo en ocasiones especiales: para ir a los cumpleaños de su amigo, cuando este creció y se casó, y también cuando enfermó y murió. En esa ocasión, Ab estuvo con él en sus últimos días. Como máquina, no podía olvidar; pero sabía que, como humano, tampoco lo haría.
Y cumplió su última voluntad.
Recordó aquel momento:
—AE3000, amigo, qué feo nombre. Bueno, no en realidad. Parece nombre de licuadora. Vamos, escoge un nombre.
Ambos se rieron hasta las lágrimas.
AE3000 meditó, lo observó, y dijo:
—Sí, hay un nombre que gusta mucho. Qué te parece si te llamo tocayo?
Abie —su amigo— ese día olvidó que moría.
Y Abie nunca olvidó a Abie.
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